Portada del relato La Niebla de Inverno Hall
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


“¿Quién…?” preguntó Ashcroft, pero el ser extendió un brazo de dedos largos y de piel casi luminosa, señalando hacia el tapiz final. Ashcroft sintió un vértigo repentino; más allá del hilo y la seda, el lago parecía palpitante, como si su superficie latiera bajo un corazón invisible.

Duración: 08:20

La Niebla de Inverno Hall
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Afuera, los aleros de Inverno Hall tiritaban, cada teja recubierta de hielo, cada ventana empañada de aliento frío, mientras la nieve húmeda erosionaba con pasos mudos el sendero hacia la entrada. La fachada, posada entre un mar de sauces y el olvido, quedaba enmarcada bajo la obstinada luz mortecina de la luna, presidida por una vaga niebla nacarada, que tenía la esperanza de apartar a los visitantes, o al menos encubrir lo que en aquel palacio no debía encontrarse.

En la noche del 13 de diciembre de 1927, Leonard Ashcroft llegó a Inverno Hall, su gabardina se había endurecido de escarcha y sus botas crujían sobre los restos de grava. Su carta de invitación, lacrada con un sello dorado que no reconocía, apenas leía, “Quien desee respuestas, vuelva donde empezó el sueño. Medianoche, en la galería de tapices.” No había firma. No era la primera vez que Ashcroft recibía invitaciones así, pero sí la primera en la que el sueño no cesaba, por más que él intentara dejarlo atrás.

Entró. Un inmenso salón le dio la bienvenida, despoblado salvo un espejo oval a mitad de la estancia, en cuyo ámbar reflejo las antorchas parecían arder al ralentí. Tras el espejo, careciendo de imagen por completo, una escalinata enlozaba hacia la penumbra, y de allí nacía el eco de los pasos de Ashcroft, que ascendió, impulsado tanto por el miedo como por la fascinación.

Pasillo tras pasillo, retrato tras retrato, la casa exhalaba antiguedad: el aire impregnado de cera seca y polvo, el silencio sólo roto por el tictac frenético de un reloj de péndulo invisible. La galería de tapices, anunciada por una puerta cuya moldura parecía haber sido arañada, apareció a su derecha. Aquel umbral lo condujo a una nave larga y flanqueada por tapices monumentales, en los cuales se representaban paisajes imposibles: una ciudad bañada perpetuamente en crepúsculo anaranjado, de torres retorcidas y plazas inundadas, atravesada por esferas de luz y figuras aladas de rostros ensombrecidos.

Ashcroft, inquieto, reconoció aquel sitio. Lo había soñado, una y otra vez: las mismas torres, la misma constelación de ruinas y ríos fluyendo en direcciones contrarias. En el último tapiz, la oscuridad era total: representaba solo un lago impasible y tras él, una silueta dorada, tan indefinida y errante que parecía moverse aún después de dejar de mirarla.

Una figura con antifaz dorado emergió de la sombra al pie del tapiz. Era alta, delgada, cubierta de un sudario purpúreo que arrastraba harapos sobre las alfombras borrascosas. “Bienvenido, Leonard,” susurró, la voz afónica como una radio mal sintonizada. El antifaz, inexpresivo, reflejó la luz de los candelabros tras unas marcas negras que descendían como lágrimas sobre mejillas de oro.

“¿Quién…?” preguntó Ashcroft, pero el ser extendió un brazo de dedos largos y de piel casi luminosa, señalando hacia el tapiz final. Ashcroft sintió un vértigo repentino; más allá del hilo y la seda, el lago parecía palpitante, como si su superficie latiera bajo un corazón invisible.

El susurrante anfitrión habló: “La búsqueda te trajo aquí, como antiguamente, Leonard. ¿Recuerdas la Promesa de Medianoche?”

Ashcroft no respondió. La memoria resonó brutalmente: flashes de pesadillas donde paseaba, caminaba sin fin sobre puentes recubiertos de máscaras, bajo cúpulas de cristal por las que un sol moribundo apenas proyectaba su espectro enfermo. Escaleras que se desplegaban al infinito, sombras azuladas, música lejana, niños riendo bajo túnicas amarillas.

El susurrante continuó: “Tras cada sueño, uno olvida la medida de lo real. Te han elegido. Pero sólo pasando el lago comprenderás.”

Contra todo instinto, Ashcroft aceptó caminar más allá del tapiz... pero en cuanto su palma rozó el hilo, la textura devino vapor y su carne atravesó barriada tras barrida la materia, sumergiéndose en una agonía de luz amarillenta y sonidos retorcidos. Cuando abrió los ojos, estaba de pie sobre una calzada de azabache que cruzaba un lago oliváceo.

Sobre la superficie flotaban máscaras: de oro, esmalte, madera y marfil. Todas pertenecientes a quienes, alguna vez, habían soñado allí. Al mirar su reflejo, Ashcroft descubrió su propio rostro cubierto: la misma máscara que llevaba el anfitrión. Un carruaje avanzó entonces, relinchando caballos humeantes, cuyo cochero era un ente cubierto de clámide, rostro oculto salvo por un ojo burbujeante y opalino. Sin palabras, el cochero le indicó que subiera.

Montó Ashcroft, tembloroso, preguntándose si su voluntad lo impulsaba o si era todo inevitable. El carruaje avanzó flotando por el lago, y una niebla dorada lo envolvió en un silencio sepulcral. A cada lado aparecían islas de mármol sobre las que danzaban figuras encapuchadas, algunas descendiendo escaleras hacia abismos en donde la arquitectura se volvía imposible.

“En otro tiempo te sentiste amo de tus pasos, soñador entre mil, lector de manuscritos prohibidos. Pero aquí, como todos, eres sólo un eco,” el cochero, roto y almibarado, lo miró por fin. “La casa te envió porque perdiste el umbral.”

Ashcroft intentó huir, pero al intentar moverse, la niebla estalló en gritos y sus piernas se hundieron como si el carruaje desapareciese bajo sus pies. Cayó, y cayó sin cesar, a través de cámaras infinitas abarrotadas de tapices, cada uno mostrando imágenes cada vez más monstruosas: seres sin faz, astros apagados, reyes de corona hendida que lloraban sangre negra desde tronos de ocre.

Aterrizó, por fin, en un salón dominado por un único espejo fragmentado. Unos ojos, idénticos a los suyos, lo contemplaban a través de la fractura mayor. Y, agazapada al pie del espejo, una figura: una mujer, enlutada, de manteos aristados y velo cerúleo que ocultaba la mitad de su rostro. Por el velo asomaba una sonrisa ligeramente asimétrica, y cuando movió los labios, el cuarto se llenó de murmullos.

“La noche nunca terminó, Leonard. Para los hijos del Velo, sólo existen medianoches —y la tuya no terminó en el tapiz. Debes elegir: recordar y permanecer, o mirar y olvidar.”

Ashcroft supo cuál de esas dos opciones no significaba salvación. Se negó a mirar al espejo; en su pecho ardía la incómoda y repentina certeza de que la mujer era su memoria, de que ignorarla era completar el rito por el que decenas —quizá cientos— de soñadores habían desaparecido. No obstante, la tentación de saber, de indagar en el horror total que might habría tras el espejo, pulsaba en su mente.

La mujer continuó, casi suplicando: “Tu rostro, tu auténtico rostro, sólo existe aquí. Si miras, volverás a ser quien eras, pero atado a este lugar. Si ignoras, despertarás... pero nunca recordarás nada.”

El eco del carruaje resonaba aún en sus oídos. Ashcroft dudó sólo un instante y cerró los ojos. Derramó lágrimas a través de la máscara, sintió el acero frío del abandono, el terror de la pregunta sin respuesta. “Olvidar,” susurró.

Todo se disolvió. El lago, el puente, las máscaras, la tapicería monstruosa, la casa, el anfitrión, la mujer, la pregunta. La pesadilla dio paso al blanco perfecto.

Ashcroft despertó en su alojamiento en Arkham, sudoroso y tembloroso. Nada recordaba salvo la palabra “galería” y una impresión persistente, intrusa, de que algo debía buscar pero no sabía el qué. Durante semanas, se obsesionó con pasajes sin salida, con cuadros extraños y música lejana. Pero cada noche, al cerrar los ojos, acudía siempre una sombra de miedo cuando tocaba el pomo de la galería de tapices.

Un mes después, en la biblioteca de la Miskatonic, halló una carta antigua en un volumen sobre sueños y locura. Era una invitación, lacrada con un sello dorado, para “la Promesa de Medianoche” firmada por L. Ashcroft, fechada en 1866.

Desde entonces, nadie volvió a verlo en la vigilia. Se dice que, bajo ciertos cielos, puede observarse su reflejo atrapado en algún espejeante lago de atardecer perpetuo, justo antes de que la niebla vuelva a cubrir la memoria de los que buscan lo imposible.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.