Portada del relato La Casa en la Calle Dunwich
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Fragmento:


En el piso superior, una larga galería conducía hasta el estudio principal de Sullivan, la sala de música. Rupert se topó con la puerta, forrada de terciopelo polvoriento y una placa de latón labrada: “Sala del Acorde Final”. Buscó el interruptor, sin éxito, y encendió su linterna eléctrica. El haz danzó sobre una pianola cubierta, atriles volcados y un violín apoyado sobre la mesa de trabajo, su cuerda más aguda cortada como una vena rota. Todo parecía normal, salvo por un pentagrama grabado en el suelo, delineado con tiza y manchas secas de algo que no era solo polvo.

Duración: 09:47

La Casa en la Calle Dunwich
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

La lluvia no era más que un telón de fondo, el latido gris del clima que flanqueaba al Londres de 1923, y, sin embargo, pesaba esa tarde como una mortaja. Rupert Harrington, apretando el ala de su sombrero contra el viento, sentía cada paso alejándolo de la seguridad del club y acercándolo al crujido residual de la calle Dunwich. Su abrigo de lana goteaba mientras torcía una esquina y divisaba la casa, la que todos evitaban, la que había comprado en un momento de inspiración culpa del aliento del gin y los murmullos de la noche.

La prensa había catalogado el suceso como “la muerte melodiosa del violinista”, pero nadie osó tocar el asunto más allá de frases vagas y anécdotas elusivas; el violinista, Sullivan Bexley, había desaparecido allí dentro, y los vecinos juraban que, al pasar junto al portón sellado, una melodía rota se escurría entre los resquicios de la madera, enervando los nervios de los más escépticos. Rupert, periodista y descreído profesional, sentía el hormigueo del escepticismo mezclarse con la duda mientras empujaba la verja, herrumbrosa y fría.

La casa exhalaba decadencia. Los ladrillos estaban cubiertos de musgo y el tiempo había convertido la cerca en semilla de espinas. Un antiguo farol tintineaba bajo la lluvia, proyectando sombras reptantes sobre la puerta. Rupert tanteó el llavero y tembló sin querer, forzando la entrada con la llave que le había dado el agente de bienes raíces—un sujeto que parecía más deseoso de que se la llevaran de las manos que de vender. El interior olía a moho, a madera vieja y a algo más antiguo: un aroma dulzón que desencadenó recuerdos de catacumbas y criptas en antiguas excursiones a Edimburgo.

El vestíbulo estaba silencioso bajo una capa de polvo, pero las huellas de Sullivan aún bordeaban el borde de la alfombra. La leyenda urbana decía que Bexley intentaba componer una última pieza, una obra maestra que abriría los portales de la percepción misma, aunque sus allegados lo recordaban como un hombre pragmático y escéptico, muy similar a Rupert. El periodista, provisto de su fiel cuaderno, comenzó a recorrer el corredor principal, embistiendo el polvo con el pie y removiendo el eco de los años dormidos.

Subió la escalera de madera, apiñado entre cuadros torcidos y un tapiz raído que mostraba símbolos celtas entrelazados con rostros distorsionados en gestos de júbilo o horror—no podía distinguirlo. Se detuvo un instante, guardando cada detalle para la crónica que escribiría: “Periodista desafía el mito de Dunwich“… pero el suelo bajo sus pies crujía con más insistencia de lo que dictaba la lógica; no era el sonido de la madera, sino la respuesta de algo hueco, de un vacío que anhelaba ser llenado.

En el piso superior, una larga galería conducía hasta el estudio principal de Sullivan, la sala de música. Rupert se topó con la puerta, forrada de terciopelo polvoriento y una placa de latón labrada: “Sala del Acorde Final”. Buscó el interruptor, sin éxito, y encendió su linterna eléctrica. El haz danzó sobre una pianola cubierta, atriles volcados y un violín apoyado sobre la mesa de trabajo, su cuerda más aguda cortada como una vena rota. Todo parecía normal, salvo por un pentagrama grabado en el suelo, delineado con tiza y manchas secas de algo que no era solo polvo.

El escalofrío fue inmediato. Antes de que pudiera registrar la incomodidad, el viento hizo oscilar las contraventanas y una ráfaga apagó la linterna. Rupert maldijo en voz baja, tiritando, y palpó a tientas el escritorio en busca de cerillas. Al encender una, la llama dibujó brevemente una silueta tras de sí—un movimiento efímero, el reflejo de una figura o la sombra de un recuerdo. Inspiró hondo, trazó el círculo con la mirada y, en un arranque de curiosidad morbosa, descargó su cuaderno sobre la mesa y se sentó ante el violín.

No sabía tocar, claro, pero el instrumento ejercía un glamour peculiar. Era de madera negra, más frío al tacto de lo que debía ser, y la cuerda rota se deslizaba en espiral sobre el atril. Rupert la tocó, esperando el chirrido habitual, pero el sonido que emergió fue un sollozo, un lamento prolongado, bajo y sibilante. Apartó la mano de inmediato. La cerilla se apagó y, durante un instante, todo quedó envuelto en una oscuridad tan densa que hasta el polvo parecía tragárselo.

Entonces comenzó la música.

No era posible; no había más instrumentos encordados, nadie más presente. Pero Rupert la escuchaba, claro y nítido: un solo de violín surgía de detrás de las paredes, cada compás convirtiéndose en un lamento más profundo, gorgoteando entre las vigas podridas. Las notas vibraban a través del suelo, trepaban las piernas de Rupert, hurgando su espina dorsal con dedos afilados. Y con esa melodía vino un susurro, uno que parecía reptar desde el mismísimo pentagrama pintado en el suelo.

“Ven.”

Rupert se levantó en un impulso, tropezando con la pata torcida de la mesa. El susurro creció; ahora era pleno y gutural, como si una docena de bocas hablasen a través del mismo agujero de la realidad. “Ven… recibe la última nota.”

El pentagrama comenzó a brillar, agonizantemente claro bajo la tenue luz que filtraba la tormenta. Figuras, primero sombras, luego más sólidas, surgieron entre los vértices: músicos deformes, con el rostro estirado en muecas de éxtasis o dolor, portando instrumentos imposibles de identificar. Algunos tenían más cuellos de los que una persona podría soportar; otros, esqueletos huecos que aún sostenían arcos de violín. Sullivan estaba allí, también: reconocible por su melena rizada, aunque sus ojos eran pozos negros y su boca una grieta de desesperación.

Rupert intentó dar un paso atrás, pero las sombras extendieron manos largas y frías, aferrándose a sus tobillos. Una fuerza invisible lo arrojó al suelo dentro del círculo mientras el violín gemía más fuerte, una polifonía ensordecedora que se clavó en los tímpanos y trituró sus pensamientos. La música era discordante, un agónico crescendo que evocaba todas las emociones enterradas: miedo, anhelo, culpa, placer, tristeza, hasta que todo se fundió en una única sensación de vacío desgarrador.

“Abre el portal,” musitó Sullivan, su voz convertida en un eco múltiple, replicándose entre los espíritus. “Estoy atado a la obra inconclusa. Toca el acorde final, libera lo sellado.”

Rupert luchó por despegarse de las sombras, pero cuanto más forcejeaba, mayor era la presión; era como si manos frías penetraran dentro de su mente, recorrieran los recovecos de sus recuerdos y arrojaran sus miedos bajo la luz chirriante del violín macabro. Visualizó su infancia, el olor a paja mojada del granero familiar, y después, las muertes de sus padres con los rostros desfigurados, las pesadillas recurrentes de un niño aterrado frente al secreto familiar nunca revelado.

“¡Detente!” gritó, sin reconocer su propia voz.

“El acorde final. Solo así el círculo se romperá. Si no es mi alma, será la tuya.”

Rupert, jadeando de terror, notó entonces cómo la cuerda rota reptaba hasta enrollarse en su muñeca izquierda. Una fuerza irresistible le llevó a empuñar el arco del violín, guiando sus manos como un titiritero a su marioneta. Las notas empezaron a fluir; no era un músico, pero la melodía se insertaba en sus pensamientos como si siempre hubiera estado ahí. Tocaba mientras las sombras bailaban, mientras Sullivan reía o lloraba (era difícil saber la diferencia), mientras el pentagrama se convertía en una grieta luminosa que vomitaba otras formas, aún más grotescas, hacia la habitación.

Cada nota hacía que la habitación se desmoronara un poco más. El suelo se convulsionaba, la madera crujía, los cuadros se torcían hasta reventar los marcos, y de sus interioridades brotaban rostros que chillaban en una lengua imposible. Bajo sus pies, el pentagrama ardía, y las sombras detrás del círculo imploraban o aplaudían, agotando la poca cordura que aún le pertenecía.

La música culminó en una disonancia final: el acorde que todos evitaban en música clásica, la combinación de notas prohibida que, se decía, abría portales y provocaba tormentas mentales. Cuando la ejecutó, el círculo explotó en luz blanca, cegadora. Rupert fue arrojado contra la pared, empapado de sudor frío y lágrimas inconscientes.

Cuando pudo abrir los ojos, la tormenta había cesado afuera. La casa era simplemente ruinas: no había pentagrama, ni instrumentos, ni fantasmas; incluso el violín negro no era más que una astilla rota al pie de la mesa. Tiritó, temblando, parpadeando contra la normalidad restituida a la fuerza. Pero dentro de su cabeza la melodía aún latía, persistente, como el zumbido de un enjambre. Sabía, sin mirar, que no estaba solo: Sullivan, o lo que quedaba de él, estaba acurrucado en un rincón de su consciencia, murmurando la pieza inconclusa; y, en las noches siguientes, las manos frías volverían para guiar las suyas hacia la obra interminable, multiplicando los portales y poblando la oscuridad con la música de los perdidos.

Salió a la calle, dejando la casa vacía. Nadie lo vio marchar, y cuando meses más tarde un grupo del ayuntamiento vino a demoler el caserón de la calle Dunwich, sólo encontraron cenizas y grietas inexplicables en el suelo, arropadas por el eco invisible de un último acorde.

En alguna parte, Rupert seguía escuchando aquel sollozo. Y la ciudad, engañada en su rutina, jamás supo qué melodía soplaba entre la bruma, ni por qué, a veces, el silencio de la lluvia imitaba el grito distante de una cuerda rota.

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