Fragmento:
La primera en sumergirse fue Tahira, equipada con microcámaras y sensores. La vimos desaparecer bajo la superficie, su figura distorsionada borrosamente entre los reflejos. Un minuto de silencio, sólo roto por los diálogos nerviosos del walkie.
Duración: 10:03
Había muchas razones para odiar la Universidad de Yharnis, pero aquella tarde –la última tarde reconocible de mi vida– supe que todas mis previas aversiones eran simple paja quemada comparadas con el terror que esperaba encubierto bajo su campus terroso. Hasta entonces, las disputas entre departamentos, las conferencias fútiles y la constante competencia emergían como las pesadillas últimas de mi exilio académico. Pero el hallazgo en el fondo del lago Mers, más allá de la línea de juncos que lo separaba del campus, era otra cosa.
Yo era paleogeólogo, nunca un soñador. Los sueños, para mí, quedaban relegados a la infancia o a los drogadictos irremediables que escribían sus tratados etéreos en la revista universitaria. Mi terreno era el sedimento, la pizarra, el conocimiento duro y molido. Pero cuando la Sonda H3 regresó a la superficie con fragmentos de basalto tallado y metales que no reconocimos, el Decano Helzberg me pidió unirme a la pequeña expedición encargada de localizar la anomalía en los bajíos del lago.
No era el primero. Un año atrás, el profesor Gering desapareció mientras buceaba solo en esa misma bahía; su retorno una semana después, luciendo branquias negruzcas –resultado, según su testamento, de “un proceso necesario”– fue tan inverosímil que sólo lo recordábamos ahora como un mal chiste. A Gering le habían revocado la jubilación, pero nunca dejaron de extenderse los rumores de que aún vagaba cerca del agua, buscando las piedras bajo la lámina.
La noche anterior, revisé los registros sísmicos y mi convencimiento flaqueó: los ecos derivados del sonar laqueaban estructuras imposibles, secciones y arcos antisísmicos que cruzaban el lecho. Algunos los interpretaban como cuevas naturales moldeadas por antiguos cursos de agua subterránea. Otros, como la geóloga Prandtl, afirmaban que se trataba de fragmentos de una represa ciclópea, protohistórica, cuya forma había impuesto una deformación sutil sobre el campus. Lo único claro era que, bajo los reflejos verdeazulados, algo antiguo y artificial extendía su brazo mineral justo bajo nosotros.
Al caer la llovizna esa mañana, me dirigí arrastrando los pies al muelle Este, donde la lancha esperaba. Conmigo iban Prandtl, el ingeniero Harker y Tahira, una joven de rostro empapado y ojos desbordantes de insomnio, enviada por el departamento de arqueoacústica para grabar sonidos bajo el agua. El motor nos arrastró al núcleo del lago; la niebla mordía los restos óseos de antiguos campamentos sumergidos hace siglos por la crecida, y de vez en cuando el agua se hinchaba como si algo enorme se desplazara bajo la superficie. Prandtl no dejaba de mirar el sonógrafo, cada vez más inquieta.
–Ahí está. Estamos justo sobre la anomalía principal. –dijo en voz muy baja.
Anclamos. El plomero cromado de la sonda cayó y, por primera vez en años, sentí un temblor en el estómago: por algún motivo irracional, la vibración del agua parecía transmitir el eco de otras vibraciones más antiguas, como si toda la estructura de abajo retumbara con un pulso imposible de explicar por simple mecánica.
Fue Harker, siempre metódico, quien dijo la frase que se incrustó en mi memoria:
–Hay una entrada visible en el sonar. Parece… una puerta.
No podía ser. Un umbral geométricamente perfecto de más de dos metros de alto, oculto por el sedimento y los líquenes. “Quizá”, pensé, recordando Sarnath y las leyendas de Mnar que leía de niño, “esto es sólo un capricho natural. Ojalá.”
La primera en sumergirse fue Tahira, equipada con microcámaras y sensores. La vimos desaparecer bajo la superficie, su figura distorsionada borrosamente entre los reflejos. Un minuto de silencio, sólo roto por los diálogos nerviosos del walkie.
–Estoy descendiendo… hay mucha visibilidad, más de la esperada. El agua no es natural aquí.
Harker y Prandtl se miraron; yo sentía el sudor frío correrme por la espalda a pesar de la llovizna.
–¿Ves la puerta? –preguntó Harker.
–Sí. Es… hay inscripciones. No parecen humanas.
La conexión chirrió, y Tahira soltó una exclamación ahogada.
–¿Qué ocurre?
La respuesta llegó, tras varios segundos de estática:
–Alguien… algo… ha estado aquí. Hay figuras en las paredes, talladas… parecen moverse bajo la linterna.
El pánico cordó mis entrañas.
–¡Vuelve!
La cámara transmitía sólo sombras dilatadas y largas vetas de mineral negro, entre las que se insinuaba un relieve semejante a un rostro alargado, triangular y plácido en su quietud. No quiero recordar el siguiente minuto. El grito de Tahira vino distorsionado, inhumano, seguido de un estrépito sordo, como si mil puertas se cerraran en un vacío abisal. La señal murió.
El resto es una maraña de reflejos y terrores. Prandtl entró en shock, tartamudeando sobre “más entradas, más profundas de lo que creíamos, más antiguas de lo que cualquier cultura del planeta ha habitado aquí”. Harker, el técnico, activó la segunda cámara de fondo. Por un instante, vimos cómo algo reptaba con movimientos oleosos por la base de la puerta –algo que se dirigía hacia la cámara, algo para lo que ni la biología ni la geología tenían nombre.
La imagen, congelada, grabó el momento en que una figura surgía en la estela de la linterna, flotando inmóvil sobre el sedimento. Era Tahira: su máscara quebrada, los ojos abiertos de par en par, la boca hendida en una mueca muerta. Parecía estar atada, atornillada, a la piedra negra. Algo estaba transformándola en una estatua viviente –o en una especie de totem mineral.
No volvimos a hablar en la lancha. Nadie intentó la recuperación del cuerpo: el sonido, el pulso bajo el agua, era ahora tan fuerte que apenas distinguíamos la frontera entre la lancha y la materia misma del lago.
Regresamos cambiados. Prandtl, rota, dejó la universidad y refulge aún ahora en mi memoria como una sombra alargada, encorvada en las esquinas de mi despacho. Harker huyó la misma semana, tras confesarme que el metal hallado era extraído “de algún núcleo planetario en condiciones imposibles”; estaba convencido de que allí abajo habían aplicado tecnologías de extracción que deformaban incluso las leyes cardinales de la física.
Yo, sin embargo, fui condenado a recordar. No pasaron semanas antes de que otros comenzaran a frecuentar la orilla del lago –investigadores, curiosos, incluso estudiantes atraídos por la leyenda de “la Puerta de Obsidiana”. Las desapariciones continuaron, discretas primero, luego como una plaga persistente. El lago lentamente fue acordonado, pero nunca pudieron clausurarlo del todo: siempre había fisuras a través de las cuales el rumor se deslizó de boca en boca.
Fue allí donde comenzaron los sueños. Ya no dormía: apenas cerraba los ojos, sentía el rumor de voces entrelazadas, el roce de dedos escamosos en mi mente, la certeza histérica de que bajo nosotros, en cámaras inundadas, algo permanecía latente y expectante.
Lo había leído de niño en los relatos sobre Sarnath, sobre la noche en que los hombres creyeron borrar a un pueblo más antiguo, y cómo los ídolos de piedra y las aguas amancilladas cobraron venganza siglos después. Pero esto era real: no era un mito, ni un pavor transmitido por libros polvorientos. Aquí, bajo el manto verde del Mers, los arquitectos de la noche seguían trabajando, tallando puertas y rostros, esperando que uno de los nuestros los llamara.
Eligieron hacerlo a través de mí.
La transformación es lenta. Comenzó con los sueños, continuó como zozobra diurna, hasta el día en que desperté con los dedos manchados de limo negro; dos días después, mis uñas se habían vuelto planas y oscuras, y la piel del cuello ardía. El Decano Helzberg vino a visitarme, preocupado, pero desistió cuando vio las marcas sobre mis brazos y la manera en que el despacho olía a ciénaga. Los que han soñado con Mnar o Sarnath sabrán reconocer ese perfume rancio, esa atmósfera densa de piedras viejas y agua estancada.
Las figuras en mis pesadillas me llaman cada noche. Recuerdo el relieve en la piedra: rostros semejantes al mío, rostros de quienes bajaron antes, transformados por algo que –me atrevo a intuir ahora– no es biológico, ni mental, ni físico según nuestros parámetros. Algún día, pronto, la frontera cederá; la garganta raspará, la voz será sólo un reflejo del eco subterráneo. Quisiera no saber qué sigue después, pero lo sé: bajo el lago, en los corredores de obsidiana, los que tallan las piedras aguardan a sus herederos. Elige uno cada generación. Se los lleva y los incorpora al mosaico.
Ése será mi destino. No lo escribo para advertir –la advertencia es sólo un aplazamiento fugaz del destino– sino para registrar, con la mayor claridad disponible, una verdad final: la ciencia es una linterna que puede, por accidente, iluminar en las catacumbas de la noche un terror que nos precede. Aquellos que han visto la puerta reconocen su silueta en cualquier sombra, su rumor en cualquier agua estancada, la sentencia de sus arquitectos en cualquier piedra que se erige donde no debía haber nada.
Algún día, cualquiera de ustedes, perdido en otra universidad, junto a otro lago velado por la niebla, verá las primeras grietas bajo las aguas. Oirá el rumor, sentirá el pulso de otro pulso bajo la tierra. Cuando eso ocurra, cuando la linterna descubra el umbral donde la ciencia nada puede sino callar, sabrán a qué me refiero. Y en ese instante, como yo ahora, sabrán que la noche ya no termina.
Me llama. Las piedras, el limo, el clamor de la obsidiana. Sé que esta será mi última línea. Lo que sigue, yacerá en el fondo, bajo el agua negra, en el eco infinito de aquello que nunca debimos buscar.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.