Fragmento:
El ocaso tejía cintas bermejas y enfermizas sobre el mar, y el golpetear repetitivo de las olas contra los durmientes del puerto era el único canto que resonaba en el pueblo de Alhama, un rincón enclavado en un estuario olvidado de Nueva Inglaterra. No quedaba mucho de su gloria pesquera: apenas un puñado de barcazas oxidadas y casas repletas de salitre, testigos vivientes de la decadencia y la soledad. Pero tras ese aspecto ruinoso y aquel hedor dulzón que impregnaba el aire, acechaba un secreto apenas contenido por el tiempo.
Duración: 10:34
El ocaso tejía cintas bermejas y enfermizas sobre el mar, y el golpetear repetitivo de las olas contra los durmientes del puerto era el único canto que resonaba en el pueblo de Alhama, un rincón enclavado en un estuario olvidado de Nueva Inglaterra. No quedaba mucho de su gloria pesquera: apenas un puñado de barcazas oxidadas y casas repletas de salitre, testigos vivientes de la decadencia y la soledad. Pero tras ese aspecto ruinoso y aquel hedor dulzón que impregnaba el aire, acechaba un secreto apenas contenido por el tiempo.
Me llamo Edward P. Thalman, y soy catedrático de Biología Marina en la Universidad de Arkham. El soplo del destino, y cierta impaciencia académica, me llevó hasta Alhama hace apenas unos días, atraído por la noticia de insólitos especímenes marinos que, según informes fragmentarios, arrastraba la marea hacia los rompeolas y playones. Como buen científico, no ignoré la endeble credibilidad de tales relatos ni las reticentes miradas de los viejos pescadores que me hablaron de “la marea de nueve noches”, pero la curiosidad pudo más.
El tren se detuvo en la solitaria estación justo cuando el crepúsculo comenzaba a devorar el horizonte. Una bruma grisácea se alzaba del mar, y aunque la primavera prometía suavidad, el viento calaba como en lo más crudo del invierno. Al descender, mi atención se fijó en un cartel carcomido y casi ilegible: “Alhama - Bienvenido”. Tras una sutil inspección, advertí que alguien, quizá no mucho tiempo atrás, había añadido con pintura negra una advertencia: “No vengáis en la marea nueva”.
El posadero, un hombre enjuto de párpado caído y piel sudorosa, me recibió con la calidez de una cripta. Sus palabras fueron medidas y casi siempre pronunciadas a media voz, como si temiera despertar a algo oculto tras las tablas del suelo o las paredes impregnadas de humedad. Apenas mencioné mi propósito, su actitud—y la de los lugareños que merodeaban el vestíbulo—osciló entre el recelo y una extraña forma de resignación. La posada estaba—dijeron—casi vacía.
Esa noche, entre el repiqueteo de la lluvia contra mi ventanuco y el canto de un viento malsano que transportaba reminiscencias de algas podridas, apenas pude conciliar el sueño. Sin embargo, el ansia científica me impulsaba, y antes del alba salí a caminar por el puerto. Me sorprendió hallar a un grupo de hombres vestidos con impermeables, inclinados sobre el agua negra cerca del embarcadero. Usaban ganchos y redes toscas, pero lo que extraían no eran peces comunes.
Me acerqué a observar y vi, entre los residuos marinos, una criatura como de un mal sueño: su cuerpo era un revoltijo de escamas iridiscentes y piel blanda, con miembros vestigiales y una boca imposible, rodeada de apéndices arácnidos. Al intentar tocarla, uno de los hombres, de ojos saltones y voz aflautada, me lo prohibió con un chasquido:
—No investigue, forastero, si estima su salud mental.
Aquel encuentro avivó mi deseo de investigar los orígenes de tales monstruosidades. Los pescadores murmuraban acerca de la “herencia” de Alhama, y yo, con la arrogancia de quien nunca ha presenciado el verdadero horror, empecé a recopilar muestras. No pasó mucho antes de que la paranoia se instalara en mi alma: sentía que los lugareños me estudiaban con disimuladas miradas, y aunque nunca lo vi directamente, sentía constantemente presencias en mi alrededor, acechando entre las sombras y las brumas costeras.
Las noches se volvían progresivamente turbulentas. Voces guturales rezumaban entre las rendijas del suelo y los tablones de mi cuarto; altisonantes cánticos en una lengua irreconocible, una melodía cargada de ecos abismales y antiguas maldiciones. El posadero, al servirme el desayuno, bajó la cabeza y evitó mi mirada:
—Pronto será la noche de la marea nueva..., doctor Thalman. Yo buscaría refugio en Arkham, si fuera usted.
Pero la terquedad era un rasgo bien cimentado en mi carácter y, en el fondo, el ansia febril de desentrañar los secretos del linaje marino de Alhama se impuso. Ordené mis notas y examiné una muestra especialmente intrigante: una lámina de tejido transparente recogida de uno de aquellos seres. Bajo el microscopio portátil, sus células se aglomeraban en patrones imposibles, líneas espirales y polígonos fractales que recordaban a los organismos más primitivos y a la vez, a algo vastamente superior a toda comprensión.
Realicé análisis rudimentarios. La estructura genética era radicalmente divergente de cualquier forma de vida marina catalogada. Había un patrón, una secuencia subyacente en el ADN, que remitía a ancestros ignotos. Anoté mis observaciones, decidido a enviar los ejemplares al laboratorio en Arkham, cuando un sobresalto me sacudió: alguien había estado rebuscando entre mis papeles.
Al caer la tarde, el viento arreció y la marea empezó a arrastrar formas que sólo puedo describir como pesadillas materializadas: cuerpos humanoides reminiscencia de la vida mamífera—en realidad, degradaciones monstruosas de ella—emergían de las olas, arrastrándose hacia las rocas como si buscaran cobijo. Algunos, ya medio muertos, exhalaban lamentos torvos y húmedos, y los viejos pescadores les prestaban ayuda en silencio, conduciéndolos con linternas de luz mortecina a un viejo muelle derruido.
La curiosidad, más fuerte que el instinto de supervivencia, me llevó a seguirlos esa noche. Los hombres de Alhama formaban una procesión silenciosa y ritual. Los seres, aunque incapaces de vocalizar palabra humana, parecían reconocerlos: se dejaron conducir mansamente hacia una escotilla abierta en el muelle, bajando penosamente por una escalera de hierro oxidado al interior de una galería subterránea.
Me escabullí tras ellos. Abajo, la atmósfera era fétida y húmeda. Atravesé pasillos laberínticos, tallados groseramente en la roca, y me vi rodeado de murales horribles, ilustrando figuras humanoides hibridadas con peces y cefalópodos, realizando rituales de apareamiento o comunión. Se me erizó la piel al comprender la autenticidad de esos frescos. Rápidas asociaciones mentales, facilitadas por la observación aguda y la intuición de mi disciplina, me revelaron una verdad atroz: la “herencia” de Alhama era literal.
Presencié entonces un espectáculo que solidificó mi espina dorsal. Los seres, ya medio asfixiados, eran recibidos por ancianos de la villa, quienes, evidentemente, les administraban una sustancia pastosa y grisácea, a la par que graznaban con tono de lamento y júbilo. Solo entonces noté que los rostros de esos ancianos albergaban la misma mirada desorbitada, los mismos pliegues antinaturales en la piel que aquellos monstruos de la marea. Un frío atávico me invadió: la línea genética de los hombres de Alhama se prolongaba allá abajo, cruzada y revertida una y otra vez junto con unas entidades marinas que la ciencia solo en pesadillas podría concebir.
El horror fue penetrando en mí a cada instante, como el hielo del invierno en los músculos cansados. Fue entonces cuando, desde las sombras, una voz vibrante me dirigió la palabra:
—No deberías ver esto, doctor Thalman. Somos custodios de un pacto antiguo. La sangre llama y la sangre responde...
Un hombre, alto y de rostro partido por cicatrices abisales, emergió de la sombra. Me señaló con una mano membranosa:
—La marea de nueve noches fue el principio. Entonces aprendimos, por designio de los abismos, a compartir la simiente. Desde entonces, cada generación se funde en la otra, para asegurar la perpetuidad de nuestra especie... y de los que yacen allende el rompeolas.
Intenté huir, pero me sujetaron brazos fuertes y resbaladizos. Me arrastraron ante una abertura herida en la roca donde el agua del mar irrumpía, portando fragmentos de oscuridad y brillantes meandros de bioluminiscencia. Las formas híbridas se arrastraban a esa piscina abisal, como retornando a un útero primitivo.
En mi desesperación, rocé los labios de uno de los ancianos y sentí un frío patógeno escurrirse por mi piel. Entonces supe—por una claridad brutal y malsana—que su linaje no era enteramente humano. Una rama perdida del árbol filogenético, oculta durante milenios bajo contratos profanos con los abismos.
Transcurrieron horas o tal vez minutos; el tiempo perdió sus aristas, y mi mente empezó a extraviarse en percepciones viscosas: imágenes de ciudades sumergidas, altivos tronos de corales y moluscos ciclópeos, en cuyos salones yacían criaturas como las que ahora me rodeaban. Sentí en mi carne una extraña vibración, como si mis propias células respondieran a una llamada antigua, una melodía genética sepultada bajo capas de civilización y escepticismo.
Logré, no sé cómo, escapar de aquel letargo febril y, tropezando entre charcos de agua salada y limo, salí a la noche cruel de Alhama. Corrí, sin mirar atrás, hasta la posada y empaqué lo poco que tenía. Al alba, sin detenerme a recapitular o a dar explicaciones, abandoné el pueblo. Nadie me vio partir, y creo que nadie hubiera querido hacerlo.
Ahora, de regreso en Arkham, mientras escribo estas líneas, una malsana inquietud me domina. Las muestras genéticas llegaron a mi laboratorio—algunas ya en un estado casi irreconocible—pero ninguna revela su secreto por completo, como si la esencia misma de Alhama conspirara para permanecer oculta. Y sin embargo, cuando a la noche la luz de la luna baña mis ventanas, siento en mi carne una pruriginosa comezón, y mi sueño se inunda de imágenes alienígenas: mandíbulas palpitando, aletas membranosas, ojos opalescentes escrutándome desde las profundidades.
Sospecho que la contaminación de aquel linaje no se limita a Alhama. Pronto, quizás, “la sangre llamará y la sangre responderá” en otros lugares, en otras generaciones de otros hombres demasiado curiosos.
Y mientras la brisa salina golpea mis cristales y en las heridas de la tierra resuena el eco de la marea nueva, me hago una pregunta que ningún microscopio podrá responder, pero que me acompaña, cada vez más hondamente, en cada latido: ¿Qué es lo que somos en realidad, los que miramos desde la superficie del agua, ignorando que, bajo ella, acecha la verdad última de nuestra herencia?
Porque, he aprendido, la ciencia—como la marea—siempre regresa a reclamar lo que es suyo, y hay saberes que ningún hombre, ni siquiera bajo la bandera de la razón, debería escarbar.
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