Portada del relato Las Esquirlas del Horizonte
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Fragmento:


Apenas habían transcurrido dos días cuando el Doctor Kiramina, especialista en geología extrema, detectó distorsiones en las lecturas sísmicas procedentes del asteroide central, una mole flotante cubierta de grabados -a primera vista un guirigai de oraciones sin sentido, pero que bajo los escáneres mostraban patrones fractales imbuidos de progresiones de Fibonacci imposibles. El doctor Marcus, mi compañero en exobiología, propuso desplegar drones, pero la interferencia fue brutal: los artefactos de vigilancia cayeron no sólo en los abismos de la anomalía, sino también –ahora lo sabemos– en las vorágines de la cordura.

Duración: 11:18

Las Esquirlas del Horizonte
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Texto de ajuste de pausa.

El cosmos es un manuscrito ilegible, cubierto de garabatos incandescentes, una selva de términos esotéricos y ecuaciones arcanas esbozadas por inteligencias más allá de la concepción humana. Este hecho lo aprendí, con horror, durante mi estancia en la estación científica Regulus VII, situada en el distante sistema Kaldr, fronterizo al abismo esteril de la Nebulosa de Leng. Mi nombre es Gaspard Raines, exobiólogo, y fui uno de los seis humanos enviados por la Confederación a investigar la Cadena Leng, un misterioso anillo de asteroides cubiertos de cristales fluorescentes y runas antediluvianas, flotando como un fémur corroído a la deriva entre las dos lunas del planeta Faren C.

Cuando acepté la misión, sediento de conocimiento y obsesionado con la siempre huidiza melodía de lo Irreal, jamás vislumbré que la lógica y la ciencia, lejos de protegerme, me expondrían de lleno al abismo. La Cadena Leng, según los viejos informes de los dragadores de recursos, resonaba con ondas inexplicadas: emisiones que ningún aparato podía descifrar pero que influían en la maquinaria, doblando el acero y corrompiendo circuitos, y que, aún peor, arrancaban del personal susurros de pesadilla entre sueños sin nombre. Por eso éramos cuatro científicos y sólo dos militares: el Capitán Voss y el teniente Bleyer, ambos tan seguros de que la fuerza podía domar la frontera como nosotros lo estábamos de que lo desconocido podía desmenuzarse bajo el bisturí del empirismo.

El viaje hasta la estación Regulus VII resultó inquietantemente plácido. El metal de la nave zumbaba de ansiedad silenciosa mientras, al aproximarnos a la Cadena, sus arcos de piedra y cristal relucían con la feroz matemática de un artista alienado: cada asteroide girando indolente en trayectorias que los ordenadores etiquetaban como imposibles, si no fuese porque allí, ante nuestros ojos, lo inconcebible tenía rostro.

Apenas habían transcurrido dos días cuando el Doctor Kiramina, especialista en geología extrema, detectó distorsiones en las lecturas sísmicas procedentes del asteroide central, una mole flotante cubierta de grabados -a primera vista un guirigai de oraciones sin sentido, pero que bajo los escáneres mostraban patrones fractales imbuidos de progresiones de Fibonacci imposibles. El doctor Marcus, mi compañero en exobiología, propuso desplegar drones, pero la interferencia fue brutal: los artefactos de vigilancia cayeron no sólo en los abismos de la anomalía, sino también –ahora lo sabemos– en las vorágines de la cordura.

Fue la sargento Tessa quien, desafiando las normas, propuso aterrizar en persona. Y aterrizamos, tras largas discusiones y promesas de constante monitoreo.

Descendimos en la irregular superficie de uno de los segmentos menos brillantes; allí el material cristalino sobresalía como venas fosilizadas bajo la piedra, irradiando inquietudes sutiles en nuestras almas. El aire, confusamente denso, parecía apretarnos el pecho, y la gravitación fluctuante hacía que el estómago ascendiera y descendiera con ritmo nauseabundo. El Capitán Voss bromeó sobre "una noche loca de borrachera interplanetaria", pero su sonrisa se desvaneció cuando notamos lo que la atmósfera intentaba disimular: una especie de eco, apenas un murmullo, como si nos susurraran del otro lado de cada roca.

A medida que avanzábamos, Kiramina recogía muestras del cristal, que a cada fragmento tocado escapaban destellos espacio-temporales como parásitos asustados. Yo me incliné, siguiendo el balizamiento de Marcus, hasta el borde de una grieta que ocultaba una de esas inscripciones fractales, imposible de abarcar con la vista sin experimentar una punzada de vértigo casi físico. En ese instante, una sombra cruzó mi campo visual. Juraría por mi vida que algo serpenteaba más allá de la grieta, acechándonos. Pero cuando giré para advertir al grupo, sólo el susurro inarticulado de la estación, trasmitiendo estática, respondía a mi sobresalto.

Regresamos a la estación con las muestras. Durante la noche, los sueños llegaron: campos de huesos planetarios, ciudades antediluvianas marchitas bajo soles horrendos, y seres de formas aberrantes, con capas de armaduras vivientes y espadas en manos que tenían demasiados dedos. En el sueño, un hombre sin rostro me ofrecía un fragmento de cristal, pulsante como un corazón: "Elige", decía, y aunque yo gritaba en mi interior, aceptaba con manos propias y ajenas.

La Dra. Kiramina fue la primera en colapsar. Le encontramos horas después, retorciéndose ante un panel, evacuando sangre en la boca y murmurando lenguas muertas: "Las raíces beben del vacío… los anillos retumban a través del hueso del tiempo…" Repetía esto, entre convulsiones, mientras su piel adquiría el brillo lívido de la cristalización. Nos costó tres sedantes detenerla. Pero su pulso -fijamos con horror- había comenzado a oscilar en la misma frecuencia irregular que las ondas de la Cadena.

Espantados, aislamos a Kiramina. Marcus sugirió destruir las muestras; los militares lo aprobaron y yo dudé, impulsado por la seducción suicida de los patrones en las piedras. Tessa fue enviada a la sala de incineración junto con Voss, mientras yo y Marcus revisábamos desesperados los registros sísmicos en busca de una explicación racional.

Lo que hallamos, sin embargo, fue la invalidación de nuestra cordura científica. Los frentes de onda formaban pictogramas geométricos, pero en algún nivel anidaban mensajes: acertijos salivando significado entre los impulsos. Incluso los ordenadores parecían vacilar: líneas de código brotaban espontáneamente en las pantallas –y aunque intentábamos borrarlas, volvían, inmutables, evocando imágenes de ruedas dentadas girando en el espacio, orbes reptantes alcanzando dimensiones yuxtapuestas.

Hasta que, a las 3:16 de la madrugada del tercer día, oímos un chillido: un grito doble, eco de algo simultáneamente humano y mineral. Tessa y Voss no respondían. Armados hasta los dientes, bajamos corriendo a la sala de incineración.

La estancia era un antro de iluminación maligna, todo cubierto por esquirlas de cristal evocando una tormenta que hubiese intentado reconstruir pseudoformas de huesos y carne en el aire estancado. Tessa estaba de rodillas, con la mandíbula desencajada, los ojos clavados a la nada y la lengua partida en dos. Voss, suspendido boca abajo -pero sin cuerda visible-, pendía sobre el incinerador, la garganta rebanada por una hoja imposible: la sima de uno de los fragmentos cristalinos, ahora deformado en forma de filo. La sangre, al tocar el cuarzo antiguo, palpitaba y ascendía como guiada por voluntad invisible hacia los surcos fractales, llenando las runas fractales hasta que, por menos de un segundo, toda la sala destelló con un brillo que evocaba el nacimiento y la muerte de soles, todo ello en la viscosidad coagulante de la carne.

Fue entonces cuando lo vi: una silueta retorcida, dorada e indescriptible, portando una espada que era toda fractura y reflejo. Caminaba sin moverse; flotaba sin desplazarse. Bajo su yelmo en forma de espiral, no había rostro. O mejor dicho, todos los rostros se amalgamaban y se desvanecían ahí, imposibles de asir.

"¡Atrás!", bramó Marcus, disparando su arma. Las balas fueron absorbidas por la entidad como si jamás hubiesen existido. Yo grité, y el eco fue repetido: no por la entidad, sino por la estación entera, como si los propios cristales reían atravesados por los huesos del cosmos.

La entidad extendió una mano –no, muchas manos, apiladas y alternadas en ángulos que sólo podían existir en planos estratificados de locura– y la espada se irguió, segregando un sonido que era tanto un chillido agudo como un acorde sepulcral. Todo fue distorsión y taquiones de dolor. En ese instante, la mitad de mi conciencia se despeñó hacia lo impensable.

Desperté en la enfermería, encadenado por protocolos automáticos que reconocían a un loco o a uno potencialmente infectado por lo indescriptible. En la habitación estaban Marcus y Tessa: ésta con la mirada deshabitada del todo salvo por el brillo fatal del cuarzo en las retinas, aquél murmurando ecuaciones que se desplazaban por su piel como gusanos de luz.

Y entonces, la estación entera tembló: no de manera sísmica, sino ontológica. Las paredes sudaron filigranas de cristal que, al contacto con el aire, susurraban en griego clásico, luego en cuneiforme, finalmente en una lengua que sólo podía ser el eco de todos los idiomas muertos fundiéndose en El Relato Primigenio. Mecanismos y carne, hombre y máquina, todo vibraba en consonancia con una partitura de horror: la melodía de la Cadena Leng, entonada por aquellos cuyos huesos ahora eran espadas y coronas bajo lunas podridas.

Caímos, uno a uno, en la demencia. Comenzamos a verlos, a ellos: los Caminantes de los Anillos. Altos, desgarbados, con armaduras que no eran forjadas sino cultivadas, y blandían armas hechas no para cortar carne, sino para seccionar el alma y dividir el tiempo en rebanadas que sanaban lenta y dolorosamente. Nos arrastraron, extrayendo de nuestros cerebros los retazos de lo que habíamos aprendido, masticando el jugo de nuestros recuerdos, aliñados con terrores atávicos de haber destrozado la membrana entre la ciencia y la fe.

Durante semanas, resistimos. Se trataba de una pesadilla dentro de otra: a veces, la estación era la prisión; a veces, despertábamos en los propios anillos, caminando descalzos sobre la carne fosilizada de generaciones muertas, siendo obligados a recrear el ciclo de nuestra destrucción en bucles sin fin. Otros días, los Cristales de Tesla –como los denominé en un vano intento de racionalidad– latían como corazones artificiales bajo nuestros pies y, al dormir, veíamos el nacimiento de universos condenados, inmolados instante tras instante, para satisfacer la insaciable sed de los Custodios.

Cuando Marcus fue transformado –sus músculos abriéndose como pétalos invertidos, sus huesos, reagrupándose hasta formar una espada que se retorcía sobre sí misma como una frase sin fin– supe que habíamos dejado atrás la ontología humana para convertirnos en fermento de otro ciclo. Tessa, antes de sucumbir al sopor cristalino del anillo, me suplicó, con la voz hecha lengua de vidrio:

"No aprendas. Por dios, Gaspard… no intentes entenderlo."

Ahora escribo esto, rasgando mis propias venas hasta obtener la sangre necesaria para trazar el último mensaje. Sé que los que vengan después buscarán, impulsados por el ansia de sentido, por la fatal curiosidad inscripta en nuestras mitologías y nuestras narrativas de ascensión tecnológica. Pero sepan: los anillos no sólo esperan. Los anillos CREAN. La ciencia libera aquello que aguarda tras el Horizonte de Leng: dioses que modelan la carne como nosotros modelamos palabras, y para quienes la espada y la palabra son el mismo filo.

A ti, que encuentras este informe, lector del futuro, inquisidor escolar, aventurero de la insania galáctica: No continúes.

Porque cuando mi relato termine, sabrás que la primera runa ya está inscrita en tu mente. Que la lengua que corta es la lengua que narra. Y que el horror no reside en la muerte, sino en la ciencia de intentar comprender lo que debería permanecer inmenso y extraño, irredimiblemente alieno.

No busques la Cadena Leng.

No cruces el umbral de los anillos ardientes.

Ellos ya vienen hacia ti.

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