Portada del relato El Sueño del Lago Turbio
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Fragmento:


—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Nilo, divertido, aunque sintió la piel erizándose bajo la camisa.

Duración: 10:35

El Sueño del Lago Turbio
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Texto de ajuste de pausa.

En las noches de junio, el lago Dormoth relucía con los reflejos de una niebla densa. Nadie en el pueblo de Virkia se acercaba a su orilla después del crepúsculo. Era la costumbre más antigua y sagrada, impuesta a raíz de crónicas que parecían salir de la fábula pero que los ancianos relataban con una seriedad que imposibilitaba la incredulidad. Nilo Varek —recién llegado de la ciudad y embriagado de escepticismo— riñó a su abuela con sonrisas y palabras burlonas, sin sospechar que el peso de aquellas historias agonizaba, sí, pero jamás moría.

Virkia, enclavada entre colinas desnudas y bosques húmedos, gruñía bajo la herrumbre del tiempo. Uno sentía allí una presión extraña, como si el aire se hinchara en los pulmones con una lana invisible, antigua. Las casas tosían entre sus techos quebrados, los árboles giraban las ramas en direcciones torcidas, y el cerro en el que descansaban las ruinas del templo de Shor’a, selladas hace ya generaciones, vigilaban el lago con ojos de piedra erosionada.

Nilo consiguió trabajo como topógrafo, mapeando las regiones menos exploradas junto a la vieja costa. Le seguía su perro, Pólux, y, a veces, la nieta de su casero, Klara, que tenía los ojos color pólvora y el silencio impregnado en la piel.

—No entres al pantano ni cuando amanece —repetía Klara, sin mirarlo, mientras él doblaba sus instrumentos o intentaba dibujar la canopia turbia reflejada en el agua—. Dicen que lo que ronda duerme de día, pero todavía sueña.

Eran palabras apenas hilvanadas, pero Nilo solía pensar en ellas antes de dormir cuando alzaba la vista hacia el lago, donde una bruma pálida lamía la ribera y disipaba los contornos. La niebla vibraba con voces que no eran de viento ni de animal nocturno. Era una vibración lúgubre, semejante al ruido de algo reptante, húmedo, rítmico como el latido de un corazón forastero.

Pólux gimoteaba si lo llevaban más allá del umbral de los sauces y las adelfas silvestres. El animal tiraba de la correa con una desesperación que bordeaba el pánico, hasta que en una ocasión, cerca del ocaso, Nilo lo soltó y el perro corrió, chillando, de vuelta hacia el caserón sin mirar atrás.

Esa noche, Klara llamó a la ventana de Nilo. Parecía más pálida de lo habitual, y el farol que colgaba de la viga apenas le concedía una boca y un par de pómulos encima de un cuello largo y tembloroso. Dijo que había soñado una ciudad sumergida bajo el lago y una columna de humo negro brotando del agua. Dijo que los dioses estaban inquietos porque pronto sería la noche más corta, el solsticio, y el velo entre los sueños y la vigilia se afinaba.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Nilo, divertido, aunque sintió la piel erizándose bajo la camisa.

—Porque vi tu cara en el agua y te vi ahogándote —susurró, y se fue sin despedirse.

Nilo tomó el sueño de Klara como una advertencia vaga, un eco del folclore local. Pero en la madrugada, sobresaltado por un gorgoteo sordo —como si alguien golpeara con palos una botella sumergida—, se asomó al porche. Afuera, la niebla titilaba con una luz aterciopelada, y a lo lejos, cerca de las ruinas de Shor’a y el borde del lago, divisó figuras largas y grises avanzando en fila.

Su razón dictó que era gente del pueblo celebrando algún rito ancestral. Sin embargo, la procesión era antinaturalmente silenciosa. Incluso las hojas guardaban un reposo absoluto, como si audiencias invisibles, agazapadas, presenciaran el evento desde el interior de la espesura.

Volvió a la cama, aunque no durmió. Los ruidos sibilantes, como un murmullo de lenguas bifidas, continuaron hasta la mañana.

Pasaron tres días. A medida que avanzaba el solsticio, el pueblo se contraía sobre sí mismo. Las tiendas cerraban más temprano, el café del muelle lanzó tablones sobre las ventanas. Nadie se acercaba a la costa. Klara no volvía y Nilo deambulaba solo, tomando notas y esbozos, cada vez más cerca de perder el aliento porque había un perfume dulzón y corrupto en el viento.

La noche del solsticio, Nilo bebió demasiado en el silencio de su cuarto. Afuera, la luna apenas era visible, camuflada detrás del aliento de la niebla. Cuando sus párpados cayeron por fin, soñó. Soñó con las ruinas de una ciudad petrificada junto a la orilla —nunca antes la había visto, pero su mente se inundó de conocimiento: Sarth, la maldita, la exterminada—. Vio los obeliscos desanudados por las lenguas del tiempo y escuchó una melodía reptil, en la que los versos eran crujidos, zumbidos y respiraciones febriles.

Despertó, empapado y con la garganta seca. El reloj marcaba las dos y media de la madrugada. Alguien —o algo— arañaba la puerta del porche. “Eres tú, Pólux”, murmuró, y bajó sin molestar en prender la lámpara.

La niebla, apenas alterada, era un muro blanco que deformaba la poca luz de la linterna. Al abrir, vio dos ojos verdes en el escalón. La cabeza de Pólux asomaba, pero su cuello estaba anormalmente alargado, y al arrastrar el cuerpo, notó que el pelaje se deslizaba mojado, como una piel removida sin cuidado.

El animal jadeó, y bajo el gruñido la carne vibró con un siseo. Solo entonces Nilo comprendió que la bestia arrastraba algo más; o, peor aún, que algo usaba la piel del animal a modo de disfraz grotesco.

El pánico lo atrapó tarde. Intentó cerrar la puerta, pero un brazo delgado y escamoso —no podía ser otra cosa, aunque su racionalidad lo repelía— emergió, y de los labios del falso perro manó una voz:

—Sarth te reclama, Varek.

—¿Quién eres? —gimió Nilo.

—No lo recuerdas. Pero fuiste nuestro antes de la ciudad. Antes del exilio y el fuego.

Cerró la puerta de un golpe y corrió escaleras arriba, donde permaneció helado y sin luz hasta el alba. No oyó ni un crujido más.

Salió cuando el sol tiñó las paredes. Pólux lo esperaba en el patio, ajeno, olisqueando la tierra mojada.

Esa mañana, nadie en Virkia quería hablarle. La abuela de Nilo, murmurando plegarias, le entregó una pequeña bolsa llena de hierbas y piedras frías.

—Protege tu lengua. No la muerdas mientras duermes.

Esa advertencia fermentó en su mente varios días. Los pobladores no cruzaban miradas. La niebla nunca se dispersaba del todo. Y Klara seguía desaparecida.

En el quinto día tras el solsticio, las pesadillas alcanzaron un nuevo vértice. Soñó la ciudad sumergida, Sarth, con sus templos cubiertos de escamas verdes. Vio estatuas de dioses cuyos cuerpos serpenteaban bajo rostros humanos sin párpados. Escuchó el tronar de una muchedumbre, y entre la multitud reconoció los rostros de los aldeanos, su propia abuela, y Klara, todos envueltos en túnicas plateadas.

En el cénit del sueño, la piedra central del templo se partía con un rugido lejano, y del abismo emergía una figura colosal de escamas grises, portadora de una corona de lenguas agitadas. La multitud aplaudía no con manos, sino con colas, repiqueteando en el mármol gastado.

Despertó con dolor en las encías y el sabor metálico de la sangre en la boca. Se llevó la mano y notó pequeñas punzadas por debajo de la lengua. Bajo el espejo, observó líneas finas y rojizas en el tejido, como si brotara una segunda lengua, gemela y afilada. Vomitó en el lavamanos hasta ver solo bilis y sentir la garganta ardiente.

La realidad comenzó a resquebrajarse. Durante el día, veía sombras reptando en las grietas de las paredes, o entre los árboles que goteaban savia. Las piedras del llamativo obelisco cerca de las ruinas palpitaban en su periferia. El lago, en las tardes, reflejaba urbes espectrales y torres disueltas, siempre con el murmullo sibilante, una letanía de promesas y amenazas.

El instinto lo llevó a dormir fuera del pueblo, cerca del monte Sarnath, donde sobrevivían pedestales devorados por líquenes y la memoria de una civilización muerta. Allí, entre los restos y una soledad azul, Klara apareció por última vez.

—No eres bienvenido aquí —le dijo, sus ojos brillando con una furia que no era humana—. Estás marcado por lo que olvidaste.

Nilo intentó acercarse; ella retrocedió, no en forma humana, sino deslizándose con una gracia antinatural, los dedos filosos en manos que apenas parecían dedos.

—¿Qué soy entonces? —preguntó, destrozado.

—Un eco. Un hijo de Sarth. La ciudad fue arrasada por los hombres, pero los dioses serpiente sueñan el regreso en la sangre de quienes los traicionaron. Ahora contágiate de lo que yace en el fondo.

La superficie del lago, a lo lejos, se agitó como si un corazón colosal latiera en el sustrato primordial. Fuegos fatuos danzaban sobre el agua, retorciéndose en espirales verdes y negras.

Nilo no recuerda exactamente cómo volvió al pueblo. Las noches siguientes se volvieron fragmentos febriles: visiones de túneles bajo el lago, de rostros que se derriten y rearman con escamas y lenguas bífidas. En su garganta sentía ya la mitad de la lengua partida, y los recuerdos —memorias de una vida antes de Virkia, donde servía a una deidad de la vibración y la oscuridad— quemaban con el filo del peor arrepentimiento.

La última noche, en un delirio consciente, descendió a la orilla. La niebla era océano sólido, y en la playa decenas de figuras, enlutadas y reptantes, alzaban cánticos en lenguas rotas por el tiempo.

Reconoció a Klara entonces, y detrás de ella, la abuela convertida en un espectro escamoso, mostrando los dientes en una expresión atemporal. No había huida posible.

Lo condujeron hasta el agua. Los cánticos rugían, comparados con el silbido del lago que empezaba a hervir. Nilo, con un resto de conciencia, comprendió que era sacrificio y sacrificante, último vestigio humano de una saga condenada.

Cuando lo sumergieron, la lengua bífida pulsó en su boca y la piel comenzó a pelarse, dejando pasar una segunda piel, más dura, que abrazaba el agua turbia con deleite ancestral.

Al amanecer, una columna de humo verdoso ascendió del lago Dormoth. El pueblo de Virkia guardó silencio y selló las puertas.

Cuentan, ahora, que la niebla tiene boca y habla en sueños. Cuentan que, al mirar el lago, se ven ciudades en ruinas y columnas de obsidiana, y que si uno escucha con suficiente atención, las voces prometen el regreso de Sarth y el despertar de sus hijos entre nosotros. Y cuentan, en las noches más cortas, que algunos sueñan con bifurcaciones en la lengua y la memoria de haber reptado, una vez, bajo las aguas, más allá de toda esperanza.

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