Fragmento:
Durante la primera semana, los días se sucedieron envueltos en un clima de desasosiego creciente. La fauna local parecía evitarnos; incluso las aves callaban en nuestro radio. Al séptimo día, siguiendo la ruta de un riachuelo semiseco, llegamos al lago. Estaba cubierto por una bruma rojiza, cuyos remolinos se elevaban formando estructuras efímeras, reminiscentes de estanterías y columnas devoradas por el tiempo. Justo entonces, el cielo se colmó de estrellas azules y una de ellas, ontológicamente distinta, brilló con una luz pavorosa. Experimentamos una presión insoportable, como si la atmósfera circundante se hubiera tornado sólida.
Duración: 10:32
El viajero que busca el saber prohibido, está condenado a ser poseído por la sed insaciable de aquello que no se puede nominar sin desgarro del alma; y ninguna reputación es más temida o consultada en las mesas de los eruditos que los fragmentos dispersos de la Biblioteca de Celaeno, lugar mítico y real al mismo tiempo. Y sin embargo, mi relato nace no sólo por la temeridad que se me supone sino por la certidumbre, infame y grotesca, de que toda historia deja traza en la carne de su narrador. Permitidme, antes de que la voz me falle y la tenebrosidad consuma los últimos jirones de mi mente, desprender este testimonio como advertencia silenciosa contra el deseo inconfesable de conocer.
En la segunda mitad de 1932, contratado por la Universidad de Miskatonic bajo una identidad postiza, me embarqué en un arriesgado proyecto arqueobotánico. Nadie, salvo el decano Weintraub, sospechaba que mis intereses reales me empujaban hacia entradas oscuras y prohibidas por la propia realidad. Había encontrado, entre legajos de un profesor fallecido, temblorosos diagramas y notas acerca de Celaeno: un planeta remoto, parte del grupo de las Pléyades, en cuya atmósfera sulfurosa y geografía inestable se decía que existía una biblioteca erigida por entidades prehumanas, para el almacenamiento de saberes que ningún ser terráqueo puede contemplar impunemente.
En noches de insomnio, mi obsesión se desarrolló mientras devoraba textos como el Necronomicón de Abdul Alhazred y los rollos crípticos del "Culto de los Gules". Fue durante estas vigilias que distinguí los primeros mensajes: fragmentos que parecían saltar de página en página, omisiones articuladas, como si el propio manuscrito intentara proteger al lector de una verdad atroz. Cuanto más leía, más extraños fenómenos percibía: la arquitectura de la casa cambiaba de manera indescriptible; las cosas permanecían donde las dejaba, pero los ángulos y relieves parecían… otros.
La oportunidad para justificar mi ausencia y viajar a una remota región de Yukón llegó bajo la excusa de buscar especies fúngicas inexploradas. Sin embargo, lo que había leído en los fragmentos me dirigía a un lago sin nombre, próximo a la frontera con Alaska, del que sólo sobrevivía una referencia en lengua atabascana. Según el texto, una vez cada siete décadas, los reflejos del cielo nocturno señalaban un umbral entre los mundos y los sueños, permitiendo a un osado traspasar los “Umbrales de Inkharis”, uno de los varios puntos de acceso a la Biblioteca de Celaeno desde la Tierra. Era junio de 1933 y las cartas astronómicas coincidían en que aquel año, la conjunción sería propicia.
Salí de Arkham en el más absoluto secreto. Mi único acompañante fue un biólogo sueco, Henrik Karlsson, a quien convencí con la verdad a medias: que buscábamos una variedad de hongo alucinógeno reportada en las leyendas locales. Su posterior desdicha me perseguirá hasta mi muerte y, quizás, mucho más allá.
Durante la travesía, el bosque adquirió tonalidades antinaturales, como si el mundo sufriera una constante devoración desde los bordes. Los árboles oscilaban levemente en ángulos que no parecían pertenecer a geometría alguna; el musgo y los líquenes palpitaban rítmicamente por la noche. Henrik murmuraba en sueños; palabras en dialectos que yo no conocía y cuya gramática parecía retorcida, injertada de sonidos silbantes y guturales, como si la lengua traspasase tiempos prehumanos.
Durante la primera semana, los días se sucedieron envueltos en un clima de desasosiego creciente. La fauna local parecía evitarnos; incluso las aves callaban en nuestro radio. Al séptimo día, siguiendo la ruta de un riachuelo semiseco, llegamos al lago. Estaba cubierto por una bruma rojiza, cuyos remolinos se elevaban formando estructuras efímeras, reminiscentes de estanterías y columnas devoradas por el tiempo. Justo entonces, el cielo se colmó de estrellas azules y una de ellas, ontológicamente distinta, brilló con una luz pavorosa. Experimentamos una presión insoportable, como si la atmósfera circundante se hubiera tornado sólida.
Apunté en mi cuaderno, de manera compulsiva, el espectáculo. Henrik, quien había permanecido anormalmente silencioso todo el trayecto, empezó a murmurar algo que me estremeció.
"No debemos cruzar. Los sellos no están completos. No tenemos la letanía."
Traté de tranquilizarlo, pero su voz se alzó, más fuerte y titubeante:
"Escucha, oirás los nombres. Si te los graban, no vuelves."
En ese instante, la bruma se despegó del lago y se nos arremolinó, invitándonos. Sentí que mi voluntad era un juguete en manos colosales; sin saberlo, dimos varios pasos hacia la orilla y el mundo tembló. Una niebla negra, voraz y pesada, nos arrebató todo sentido. Percibí entonces, no con mis ojos, sino con los pliegues más sórdidos de mi consciencia, el cambio: habíamos cruzado.
No puedo describir con exactitud lo que vi, pues el lenguaje trivializa el horror de Celaeno. La biblioteca estaba ante nosotros, una arquitectura delirante de galerías no-euclidianas y columnas estriadas de roca y osamenta alienígena. Los volúmenes flotaban, ensartados por ganchos invisibles, girando y susurrando en idiomas cuyas vocales parecían compadecerse del dolor de existir. Caminando entre los pasillos, no podía evitar sentir que cada anaquel era una trampa, un círculo de contención, una cárcel simbólica para los saberes infernales acumulados.
Henrik se arrodilló y empezó a balbucear la letanía que mencionara antes. Yo observaba, consternado, cómo la propia luz del lugar parecía distorsionarse alrededor de los labios de mi amigo. De pronto, resonaron golpes sordos y secos, como si una presencia invisible apoyara columnas ancestrales en el éter. Entre las baldas se dejaron ver siluetas: criaturas oblongas y gelatinosas, formadas de segmentos y protuberancias, ojos múltiples y fauces acarameladas con la bilis de la inmortalidad. Eran los Bibliotecarios.
Henrik gritó entonces, pero no con su propia voz; era una cacofonía de tonos entrelazados, como si siete hombres hablaran a una sola garganta. Retrocedí, y el espacio se plegó en torno a mi figura: estaba enclaustrado en un pasillo infinito, con estanterías que se estiraban más allá de la razón. Sentí los nombres en mi cabeza, las letanías inentendibles y una resonancia mineral en mis dientes. Supe, sin atisbo de duda, que tras cada estante dormitaban fragmentos de realidades aludidas: mundos extintos por el solo acto de ser leídos aquí, errores de la creación fosilizados en palabras inhumanas.
La presencia de un volumen me atrajo con fuerza centrifuga: era el Fragmento de Celaeno, cubierto de signos esquemáticos engranados, reptantes y largamente incestuosos en sus formas. No sé si fui yo o fui llevado; mis manos palparon la superficie y una corriente de fuego gélido inundó mis nervios. Abrí el volumen y comprendí las palabras sin leerlas, traspasando mis defensas mentales como agua el polvo.
Las páginas exudaban un vapor dulzón y mortífero; las letras chisporroteaban cambiando constantemente de disposición, exponiendo que Cada Lectura constituye una Escritura a Su Vez. Por un momento, la sola visión del texto me abrumó con el conocimiento de infinitos cataclismos: civilizaciones que surgen sólo para ser maceradas por la mirada de los dioses indiferentes; comarcas enteras plegadas por la acumulación de cuerpos sin nombre; universos donde al final sólo existía la presencia de aquello que escribe y devora—la suma absoluta de toda ignorancia, codificada en símbolos prohibitivos.
Supe que, de alguna forma, Henrik había caído bajo la tutela de los Bibliotecarios, pues su figura era ahora un simple vestigio, una sombra en fuga entre los libros. Oí su voz a lo lejos, ya desposeída de humanidad, exclamando una variante de la Letanía de Celaeno:
"Biblioclasmos circunvalan la mente,
Filtro de sangre sobre el sello de umbra,
Ya nada es uno, ya nada es mente..."
La estructura misma de mi realidad temblaba. Al intentar cerrar el volumen, descubrí que mis manos se fusionaban con las cubiertas, que mi ser era absorbido dentro del texto, perdiendo límites y continuidad. Experimenté mil muertes en un aullido, recogido y transcrito por las mentes vastas que regían ese espacio. "El saber es un veneno", pensé, "y todo veneno ansía huésped".
Me arranqué del volumen con fuerza extrema, rompiendo parte de mi propia cordura en el proceso. El lugar entero vibraba con la llegada de otros lectores—o presas—atraídos por mi osadía. Las criaturas bibliotecarias extendieron apéndices viscosos y multiplejos, señalando la salida invisible entre los pasillos deformes.
Corrí, si se puede llamar así a mi arrastrarme torsionado por pasillos que giraban en bucles imposibles, traspasando anaqueles de volúmenes-que-son-puertas y estatuas cruelmente fragmentadas. El espacio mismo se rearmaba y desarmaba según mi desesperación y los trazos de las palabras que había absorbido.
Sentí que los nombres, los verdaderos nombres de las cosas, se inscribían en un fuego indeleble bajo mi lengua. Supe, y acepté con horror y resignación, que nunca podría retornar igual a nuestro mundo. Sin embargo, el deseo febril de relatar lo visto era más fuerte que cualquier precaución. Ya de vuelta —ignorante de cómo crucé el umbral— desperté junto al lago seco, con la bruma disipándose y el cadáver exangüe de Henrik a mi lado, los ojos dilatados y la expresión congelada en una mueca de comprensión monstruosa.
El resto es un balbuceo, una sucesión de días y noches fragmentadas en que mi espíritu retrocede ante el mínimo intento de leer, escribir o pensar racionalmente. He sellado todos los libros prohibidos donde la vista y la palabra pudieran llevarme de vuelta. Pero nada servirá: aún en sueño, oigo la letanía. Los nombres se agitan, pidiendo pronunciación.
Ruego, lector, que no intentes proseguir en la búsqueda. Los fragmentos de Celaeno no son solo texto, son trampas ontológicas; semillas de horror que transforman por el simple acto de existir en tu memoria. El saber prohíbe, el saber depreda. La bruma roja desciende cada siete décadas y cada letra mal pronunciada suma una grieta en la realidad.
Arrópate en la ignorancia y la luz. No mires hacia la estantería en la noche. No abras el volumen, aunque palpite en tus sueños. Los Bibliotecarios aún aguardan; y nadie, nadie que haya contemplado los fragmentos de Celaeno regresó jamás con su alma intacta.
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