Fragmento:
Pasaron horas. O fueron semanas. El tiempo fue asaltado, secuestrado por los patrones hipnagógicos de la narrativa alienígena. Con cada nueva imagen que se desplegaba ante mí, sufría visiones: plataformas infinitas, bancas donde reposan avatares disueltos, y, a lo lejano, una figura encapuchada de obsidiana, de la que sólo se percibía la fauce repleta de pergaminos mordidos. El Guardián de Celaeno.
Duración: 10:43
Recuerdo aún, con sórdido detalle, el exacto instante en que me fue dada la oportunidad de consultar los Fragmentos de Celaeno, esos retazos oscuros y prohibidos cuya mera evocación induce inquietudes inenarrables en los sabios y locos por igual. ¿Quién, al oír susurros velados sobre la mítica Biblioteca de Celaeno, no ha sentido escalofríos que reptan por la nuca, evocando ambientes ciclópeos donde la razón se triza y la esperanza queda ultrajada?
Soy un hombre de ciencia, doctor Soren Nightley, pero mi erudición encriptada no fue escudo suficiente ante el abismo. Era 1926, y la sed de saber me llevó a Londres, donde tras noches de tertulia y absenta con los ocultistas del club Eridian, conocí a Octavius Mereweather. Viejo y encorvado entre manuscritos mohosos, habló de Celaeno igual que quien narra un hermoso delirio: “Una Biblioteca en las Pléyades, doctor, cuyos corredores no tienen fin ni cuyas custodias conocen misericordia; ¿pero quién, sino un insensato absoluto, desearía leer lo que allí reposa?”
Supe entonces que viviría exangüe si no conseguía unos de esos Fragmentos para mi propia hambre intelectual. Un año pasó, entre correspondencias crípticas y la decodificación de símbolos que el mismo Alhazred hubiera despreciado por peligrosos. Fue en Lisboa, en una fonda olvidada donde el mar sólo escupe niebla, donde Speranza Duarte—traficante de incunables—deslizó por mi maleta una carpeta atada con alambre y moho: “No los abras aquí. No digas que no te lo advertí. Celaeno reclama a sus lectores invisibles.”
Por supuesto, la imprudencia es la más brillante de mis virtudes. Esperé sólo la noche siguiente, permaneciendo impaciente hasta que la neblina arropó las calles y el claxon del puerto resonó como lamento final. Me atrincheré en la destartalada habitación, las fronteras entre mi realidad y el delirio ya sospechosamente difusas. Algo, quizás en el peso de la carpeta, emanaba una vibración o círculo de antipatía hacia el mundo físico; podía jurar que la tela se erizaba en cuanto mis dedos la rozaban. Distraído, quizá ya afectado, oí reír a los muebles y vi bailar sombras diminutas en el borde del quinqué. Así, en ese instante, desplegué los Fragmentos de Celaeno.
El texto era ilegible a simple vista, como si los símbolos mismos cambiaran bajo mi mirada. Cruciformes y cúmulos de trazos curvos, tintas verdes y azules con una calidad indescriptible, como hechas de esencia más que de pigmento. Inhalé el aire que flotaba sobre el pergamino, un aroma agrio de exilio y cosas que nunca han tocado la vida terrestre. Sin embargo, conforme mis ojos se acostumbraban, las líneas se ordenaron en mi pensamiento como un escalofrío súbito: imágenes mentales, recuerdos que nunca viví, ruinas titánicas y masas informes, abismos donde el espacio se pliega y muerde su propia sombra.
Leí, o soñé que leía, sobre la fundación de la Biblioteca: una espira de cristal minuciosamente tallada, orbitando una estrella agonizante en las Pléyades, donde criaturas de sueños incorpóreos coleccionan todos los pensamientos y relatos que jamás han sido pensados siquiera por la mente mundana. Siete portales conducen a recintos donde reposan cronologías atroces y biografías de entidades cuyo nombre bastaría para pudrir la médula de toda especie.
Era demasiado, demasiado para la mente de un simple Homo sapiens. Experimenté un vértigo háptico; mi conciencia sentía el claro peligro de despeñarse irremediablemente en algo ajeno. Sin embargo, el vértigo era tanto físico como etéreo. Temí—y no sin razón—por mi cordura. Pero el texto, en sibilante voz de miel envenenada, reclamaba ser leído hasta el fin.
Pasaron horas. O fueron semanas. El tiempo fue asaltado, secuestrado por los patrones hipnagógicos de la narrativa alienígena. Con cada nueva imagen que se desplegaba ante mí, sufría visiones: plataformas infinitas, bancas donde reposan avatares disueltos, y, a lo lejano, una figura encapuchada de obsidiana, de la que sólo se percibía la fauce repleta de pergaminos mordidos. El Guardián de Celaeno.
No recordaba cuándo cerré los ojos, pero cuando los abrí tenía la certeza, lúgubre y definitiva, de que alguna parte de mí ya no moraba en Lisboa. El aire era viscoso, dulzón y frío al mismo tiempo, y las paredes de mi habitación abandonada se curvaban según leyes ajenas a la geometría euclidiana. Acechaban cintas de niebla que, cuando enfocaba la vista, formaban letras familiares; estaban compuestas de los mismos símbolos de los Fragmentos.
Fui asediado por una presencia: olía a hierro viejo y pergamino carcomido. No podía ver de dónde llegaba, pero sentía la presión de una particularísima inteligencia, fija en mí con morbosidad de león ante antílope. La resistencia era inútil cuando empezó a hablarme; no con palabras, sino con paquetes de pensamiento, fragmentos de memoria que no eran mías, ni humanas.
Leíste lo que nunca debió ser leído, formulo en el magma arenoso del pavor. Ahora conoces el umbral y el precio.
Habría huido, de haber sentido aún mis extremidades. Era como soñar que uno yace en su propio ataúd, fresco y lúgubremente cómodo, sin poder gritar ni abrir la tapa. El Guardián—qué otro podría ser sino el Guardián de los Fragmentos, aquel de la fauce insaciable—me arrastraba, sin moverse, a través del indefinido espacio-tiempo de Celaeno.
Me vi, o supe que me veía, en la espiral imposible de la biblioteca. No había luz, solo el reflejo enfermizo de cometas lejanos cuyos haces parecían trozos dispersos de cordura. Los libros se amontonaban orgánicamente, como brotes de una proliferación cancerosa; algunos se abrían, otros gimoteaban al acariciar sus cubiertas entre ellos. Y por todas partes, filos de obsidiana, vibrando con la promesa de lo prohibido.
Ahí, en ese ámbito irredimible, entendí que cada Fragmento es una deuda, y cada lector de esos textos queda atado al Guardián. Vi sus otros prisioneros: académicos singapurenses de hace milenios, sumos pontífices que intentaron codificar el colapso de universos, poetas persas desollados en vida para que sus gritos fueran la tinta de nuevos tomos. Cada uno de ellos era un eco vaciado, una concha que el Guardián chupa, desecha, y rellena de musgo inmemorial.
Luché. O, sería más verdadero decir, intenté recordar quién era yo, para qué había venido; en ese sitio sin tiempo, la identidad se licúa con inusitada rapidez. Sin embargo, una chispa burlona brilló: la mera curiosidad. “¿Cuánto saber encierra Celaeno?” pensé, y esa pregunta me devolvió una pizca de individualidad. El Guardián, divertido o alarmado, me permitió ver el momento de mi destino.
Le dí la espalda—si es posible hablar así en ese reino de volúmenes flotantes y ángulos errados—y mi consciencia retornó, abruptamente, a la habitación en Lisboa. Pero el hechizo, como un hierro al rojo vivo, seguía marcado en mi carne. Los Fragmentos, que nunca dejé de sostener, ahora ardían con pulsaciones púrpura, y el mundo exterior se doblaba y ladeaba con letargo acuático.
Desde entonces, mi vida fue una degradación paulatina. Días de locura febril, noches de insomnio donde el Guardián me visita con susurrantes demandas: “Apunta lo que has visto. Añade tus recuerdos. Vacíate en la página y déjame beber, como beben los orcos en el pozo.” Comencé a escribir, compulsivo, crónicas de cosas que no pueden ser: ciudades de metal líquido, bestias joyadas que copulan con el núcleo de las estrellas, batallas de ángeles y demonios libradas sobre el mausoleo de la entropía final. Mi manuscrito creció y, junto a su volumen, mi soledad.
Los amigos se alejaron. Mi esposa murió, o huyó, no queda claro. Los periódicos relataron curiosos sucesos en los alrededores de mi casa: animales mutilados y libros desaparecidos de la biblioteca pública. A veces, de madrugada, vi recortes de niebla circular las ventanas, escribiendo símbolos familiares en el empañado vidrio.
Speranza Duarte regresó un día, creyendo que yo debía devolverle los Fragmentos. Me halló catatónico, rodeado de legajos, huesos de roedores y cortinas comidas por el persistente moho verde. Ni bien tocó los papeles, gritó y corrió despavorida; nunca más aceptó una cita, y perdió su trabajo tras quemar varios tomos de la Biblioteca Nacional.
Escribo ahora, no por voluntad, sino porque la compulsión ya es fisiológica, como respirar o parpadear. El Guardián no se cansa. Siento que, en las noches, se acerca; su aliento de fauce desdentada basta para helar la sangre de mi médula. Me suplica que termine de llenar los Fragmentos con la historia de mi propio descenso. De vez en cuando, me premia: entre sueños, viajo por un instante a la sala novena de Celaeno, más allá de Carcosa y las lunas secas de Yuggoth, para espiar con vértigo atroz la cabalgata de criaturas que sólo pueden existir en la frontera de la mente y la materia. Siempre vuelve la amenaza: si no continuo, si no escribo y añado mi propia deletérea experiencia a los Fragmentos, mi castigo será eterno.
La peor parte es que, pese al terror, comprendo ya el deseo insaciable de los eruditos que buscaron este saber antes que yo. Añorar el olvido, tras haber degustado Celaeno, es cruel. Porque la memoria de la Biblioteca suele ser peor aún que sus amenazas: uno podría, con suerte, ser aniquilado por el Guardián y disuelto en tinta y voz abismal, pero lo usual entre los desafortunados es sobrevivir, volver al mundo, y recordar lo que nunca debió enterarse.
No puedo advertirles lo suficiente: nunca busquen los Fragmentos de Celaeno, pues aún en lo inacabado—o quizás, sobre todo en ello—reposa todo el horror. El saber que no es humano corroe las bases del raciocinio, y su precio es la vida misma tras la muerte, privado del más dulce alivio: la ignorancia y el olvido.
Siento pasos en la biblioteca. El Guardián camina paralelo a la madera de mi escritorio. Sus sombras convierten mi pluma en aguja y mi sangre en tinta. Quizás, si continúo, podré arrancarle alguna tregua. Puede ser que, por unos instantes, logre olvidar la visión de Celaeno, oídos cubiertos por mis propias palabras.
Pero no importa ya. Porque sé, al igual que han sabido todos los que una vez hojearon estos Fragmentos, que tarde o temprano, el Guardián siempre vuelve a cobrarse su deuda.
Fin.
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