Portada del relato El ocaso sobre la Casa de Walpurgis
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Fragmento:


Sin embargo, la escritura interior no es la mía. La letra es nerviosa, con trazos irregulares y cambios de color; pareciera escrita bajo el apremio de un horror inminente. He aquí la primera entrada que copio tal como la hallé:

Duración: 09:59

El ocaso sobre la Casa de Walpurgis
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Texto de ajuste de pausa.

Fragmentos del Diario Maldito

6 de marzo de 1925

Hoy ha llegado al despacho una caja vieja, sin remitente, solo mi nombre meticulosamente garabateado en una etiqueta que parece hecha trizas por los años. Me la entregó Parker, con la mirada inquieta de quien ha cargado algo más que simple papel entre las manos. Al examinarla, he notado que la madera de la caja es negra, salpicada con vetas rojizas que se asemejan a líquenes secos. Nada más abrirla, sentí un escalofrío; un aire rancio impregnó el estudio, como si hubiese roto la cápsula de un pasado prohibido.

He encontrado dentro un cuaderno, grueso, con tapas de cuero, su lomo curvado y desgastado. No lleva más identificación que un símbolo grabado en bajorrelieve, algo así como un círculo truncado cuyos bordes se disuelven en ramificaciones semejantes a raíces o tentáculos, imposible de describir con claridad. También contiene varias cartas atadas con un hilo azul, tan añil que sólo se ve así bajo la luz mortecina del crepúsculo.

Al tocar el cuaderno, tuve la nítida impresión de que algo en mi despacho había cambiado de lugar, una alteración en el peso del aire o en la forma en que la penumbra reptaba por las paredes. Decidí escribir aquí, en mi diario, tan solo para guardar constancia de estos extraños acontecimientos. ¿Quién envía estas cosas y por qué ahora?

10 de marzo de 1925

Las noches han adquirido una cualidad nueva; hay algo indefinido en las sombras, una especie de susurro apenas audible. Me propuse no abrir más la caja, pero sentí un impulso incontenible y, por la tarde, hurgué nuevamente entre sus contenidos. El cuaderno, cuando lo abrí, contenía no sólo palabras sino también dibujos: paisajes desolados, ruinas ciclópeas y figuras encapuchadas cuyos rostros se pierden en profundos abismos.

Sin embargo, la escritura interior no es la mía. La letra es nerviosa, con trazos irregulares y cambios de color; pareciera escrita bajo el apremio de un horror inminente. He aquí la primera entrada que copio tal como la hallé:

“14 de abril de 1878.

La noche se cuela por las ventanas del viejo Carfax como un miasma. Anoche, la campana de la iglesia sonó nueve veces, aunque nadie en el pueblo recuerda que exista tal campana. En mis sueños, la oigo llamar, no al rezo, sino al descenso. Bajo la casa, bajo los cimientos, algo se arrastra. He visto inquietos cobrizos relieves en el sótano, formas que se retuercen con el paso de la luna. ¿Por qué escribo esto? No lo sé. Siento que quien me lea está ya condenado a saber.”

La caligrafía temblorosa da paso a trazos casi ilegibles, y debajo alguien ha añadido, en tinta fresca: “No lea en voz alta.” La admonición se repite, en diferentes tintas y múltiples grafías, como si varias manos hubiesen intentado disuadir a cualquiera de proseguir.

17 de marzo de 1925

Las noches se han vuelto ominosamente largas; el viento araña los postigos y los muebles crujen, aunque parezca imposible. Anoche oí claramente pasos en la planta baja. Bajé con un candelabro, cuyas sombras parecían formar figuras bulliciosas en las paredes, pero nadie estaba allí, sólo esa caja, siempre la caja, acechándome desde la oscuridad. Tomé la primera de las cartas. La abrí, temerario, y la leí bajo la luz débil.

La carta, fechada en 1846, está dirigida a una tal Miss Eleanor Baxter. Su remitente, L.B., expresa una aprensión creciente:

“Querida Eleanor:

He vuelto a soñar con la casa junto al pantano, la que sólo vemos durante Walpurgis. Las paredes sudan negrura y los árboles, temblorosos, parecen inclinarse en reverencia hacia algo bajo la tierra. Después de mi visita, la música no ha dejado de sonar, áspera y hueca, desde los aposentos inferiores. ¿Quién la toca? Estoy convencida de que ‘Ellos’ han regresado, los que moran entre los zarcillos húmedos del fango y no tienen rostro.

Venid pronto. La sangre se ha colado por las fisuras de mi memoria. Vuestro fiel amigo,

L.B.”

Lector, escribo temblando. Tras dejar la misiva sobre la mesa, he notado una mancha oscura perpetuarse en la cubierta del cuaderno, expandiéndose, como si las palabras fuesen una herida abierta.

21 de marzo de 1925

Esta madrugada se han acentuado los fenómenos inquietantes. El reloj detuvo sus manecillas a las tres con veintitrés, y un hedor subterráneo, húmedo, reptó hasta mi habitación. Sufrí pesadillas inconexas: estancias interminables, escalinatas que descendían ad infinitum y murmullo de voces cuya lengua no acierto a descifrar, pero cuyo odio se hace palpable.

He decidido transcribir otro extracto del cuaderno, ya sea para exorcizar estos demonios o para trazar una cartografía del miedo:

“15 de junio de 1893.

La ciudad de Ulthar se disuelve entre brumas. Hoy, bajo la pálida mirada de la Luna Muerta, he de internarme en su biblioteca. Crónicas prohibidas aguardan en el último anaquel: un registro de los que cayeron tras leer los ‘Diarios de Walpurgis’. El anciano portero susurró nombres que horadan el oído. Los gatos se apartan de mi sombra, y ya nadie osa mirarme a los ojos.”

Hay manchas de tinta en esta página como si el autor, presa del terror, hubiese volcado el tintero. Una línea escrita en rojo, apenas legible, parece ser una advertencia: “OjOs quE vIgIlAn dEsDe lA sOmbRa.”

23 de marzo de 1925

Afuera llueve con una insistencia antediluviana. La caja ha comenzado a emitir un aroma aún más penetrante, como a tierra removida y carne podrida. El cuaderno emite chasquidos diminutos al abrirlo. Hoy, sabía que debía leer la siguiente carta. Aunque mis manos temblaban, lo hice.

Sin fecha, el papel reza:

“Dama de mi memoria,

No duermo desde la noche de los cuchillos. Las sombras han tomado forma; hay algo detrás del reloj, un rostro dentro de otro, y su presencia me paraliza. Mis dedos se curvan extrañamente y mi piel se transfigura bajo la luz de la luna vieja. No volveré a escribir. Si recibís esto, huid de la casa de Carfax. Sellad con sal las puertas y recordad que nunca debí aprender sus nombres. Los Testigos aguardan entre lo que vemos y lo que sólo sienten nuestros huesos.

Para siempre,

A.A.”

La grafía final se disuelve en trazos ilegibles, como si la tinta hubiese sido sustituida por otra sustancia —negra, hirviente. Sentí un entumecimiento al tocarla, como si el espíritu del remitente se hubiera adherido al papel, intencionadamente, como si su desgracia pudiese cruzar el umbral del tiempo solo a través de los lectores.

27 de marzo de 1925

Anoto esto perseguidamente, convencido de que alguna inteligencia, ajena a la humana, me observa desde los rincones de mi despacho. La caja, aunque cerrada, respira. He decidido abandonar la casa, mas antes debo consignar el último extracto que hallé en el cuaderno. Es el testimonio final, moroso y desesperado:

“2 de noviembre de 1900.

No hay amanecer para quien ha visto el girar de las estrellas muertas. Oigo el coro de los subterráneos, la llamada de los Vladisos Nocturnos. He estropeado las cerraduras, tapiado las ventanas, encendido todas las luces, pero ellos se cuelan por las palabras no escritas. El diario es su umbral. Si lo lees, si alguna vez dejas que el sentido de estos signos pulse en tu mente, has ya abierto la puerta, aunque la puerta no exista en el mundo material.”

A la derecha, un símbolo similar al de la tapa ha sido grabado, y debajo la advertencia final: “Regrésalos a su silencio.”

He cerrado el cuaderno. Trato de alejarme, pero el eco de esas palabras me persigue. Hay noches en que siento pasos sigilosos justo afuera de mi puerta, y en la penumbra retumban, una vez y otra, nombres que nadie debería pronunciar.

30 de marzo de 1925

He destruido la caja en el fuego, arrojando el cuaderno y las cartas al núcleo abrasador de la chimenea. Mas, desde entonces, veo tras mis párpados, al borde del sueño, el círculo truncado, las figuras de encapuchados y una lúgubre casa de paredes vellosas por el tiempo y el musgo. Escucho voces que se arrastran desde el sótano de mi memoria, pidiendo que siga escribiendo, que crea nuevos nombres, que los libere.

Me pregunto si Parker traerá algún día otra caja, o si yo mismo, sin saberlo, ataré con hilo azul cartas que no he escrito… para que otros continúen la cosecha de horrores.

He firmado esta última página y la he ocultado en la repisa más oscura, en vano. Siento que, mientras escribo, en algún lugar del tiempo, otra mano —una que no es la mía— toma la pluma. ¿Es posible que, a través de estas palabras, “Ellos” puedan abrir nuevos umbrales de pesadilla? No lo sé. No quiero saberlo.

Pero si has llegado hasta aquí, estimado lector, ya es demasiado tarde.

El horror no está en la caja ni en el cuaderno, sino en nosotros mismos, testigos involuntarios, portadores involuntarios, del diario maldito. Pues toda página escrita es siempre potencialmente una puerta... y la casa de Carfax, sea real o no, puede muy bien estar construida en la más secreta de las habitaciones de tu propia mente.

Aquí cierro, sabiendo bien que jamás estaré del todo solo.

March 31, 1925

(fin de los fragmentos)

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