Portada del relato Los Susurros de la Casa al Final del Camino
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Fragmento:


La “casa” —si así podía catalogarse aquel edificio sombrío que parecía crecer y retorcerse según lo contemplaba— era un monstruo de piedra ennegrecida y pequeñas ventanas sin brillo, cuyas paredes estaban cubiertas de enredaderas podridas. No escuché rumor de pasos ni palabra alguna, sólo el crujir de la puerta al abrirse, como si una presencia invisible hubiese estado aguardando mi arribo desde hacía eras.

Duración: 09:10

Los Susurros de la Casa al Final del Camino
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Texto de ajuste de pausa.

I

El verano del 1935 supuso para mí el fin de la inocencia y el comienzo de un descenso irrevocable en la cripta de lo desconocido. Mi nombre es Richard E. Salter, y las líneas que escribiré aquí no pueden ni pretenden justificar mi destino ni mis actos, sino tan sólo convertir mi angustiante experiencia en advertencia para cualquier ser humano lo suficientemente insensato para buscar respuestas allí donde la cordura debe guardar silencio. Por aquellos años, mi empleo como bibliotecario en la Universidad de Arkham me permitió relacionarme con personajes de las más excéntricas inclinaciones, pero nadie pudo preparar mi mente para el encuentro con Franklin Yates y la invitación —mezcla de atrevimiento y desesperación— al club privado conocido entre tan sólo unos pocos como “La Asfódelos”.

La invitación me llegó en la forma de una carta lacrada de negro, con una caligrafía pulcra y oblicua, y un vago perfume a madera y especias. Se me pedía presentarme en una dirección oculta de la zona vieja de la ciudad, un viernes de luna nueva, si deseaba reconciliarme con las “experiencias que la razón desprecia y la memoria rechaza”. En un acceso de aburrimiento y ambición académica, acepté.

La “casa” —si así podía catalogarse aquel edificio sombrío que parecía crecer y retorcerse según lo contemplaba— era un monstruo de piedra ennegrecida y pequeñas ventanas sin brillo, cuyas paredes estaban cubiertas de enredaderas podridas. No escuché rumor de pasos ni palabra alguna, sólo el crujir de la puerta al abrirse, como si una presencia invisible hubiese estado aguardando mi arribo desde hacía eras.

Al adentrarme, mis sentidos se vieron abrumados por una penumbra cargada de aromas aceitosos e incienso rancio. Un sirviente de tez lívida y ojos inyectados en sangre —cuya extraña torpeza me recordó a los autómatas de los relatos góticos— me condujo a una sala circular en cuyo centro aguardaba una docena de personas enmascaradas. Yates, reconocible por su imponente marco y la voz marmórea, me saludó con un gesto y una frase que resonó en mi mente largamente: “Aquí, lo adulto y lo innombrable se funden sin esperanza de redención”.

II

Lo que siguió se resiste a ser narrado bajo la claridad de la prosa, pues se adentró de inmediato en la niebla de los sentidos. Nadie hablaba de sexo de la manera vulgar ni burda; aquí, el deseo era un velo translúcido que cubría rituales tan antiguos que los propios miembros del grupo parecían sólo imitadores de una verdad imposible, absorbida de alguna fuente extralógica.

La sala, iluminada apenas por un círculo de velas azules, albergaba objetos que retorcían la imaginación: máscaras de porcelana que parecían latir con vida propia, colgaduras cubiertas de símbolos que sólo después supe relacionados con Yphth, entidad cuyo nombre susurraban los libros más prohibidos de la universidad. Fragmentos de carne y deseo flotaban como niebla densa en el aire, y los participantes se entregaban a actos cuyos detalles la moral común jamás intentaría comprender ni reproducir.

Lo primero que noté fue una extraña pulsación en las paredes. Era casi imperceptible al principio, pero pronto se asemejó a la respiración profunda de un gran animal, una bestia sepultada cuyas exhalaciones alteraban la atmósfera y hacían vibrar el suelo bajo mis pies. Uno de los miembros —una mujer de cabellos color cobre, a quien apodaré “L.” por respeto— tomó mi mano y me llevó hasta un círculo de símbolos grabados en mármol, en cuyo centro reposaba un libro encuadernado en piel pálida y lisa.

Con voz apenas superior al susurro, L. murmuró: “Abre la página quinientos treinta, y lee. Siente.” Mi mano se movió contra mi voluntad, y mis ojos dieron con palabras que nunca aprendí pero de cuya sonoridad reconocía, porque la noche y la carne pueden enseñar idiomas prohibidos allí donde la mente consciente sólo encuentra abismos. El texto narraba rituales de entrega, de olvido de sí mismo, de fusión de identidades entre seres humanos y presencias ajenas, interdimensionales. Hablaba de Yphth, el Umbral de los Placeres Átonos, aquel que se desliza entre los sueños torcidos de los adultos, revelando formas y éxtasis que destruyen.

Las risas, los susurros, el roce de la piel ajena comenzaron a confundirse con sonidos más profundos: aullidos de criaturas invisibles, el batir de alas aceitosas en un firmamento que no era el nuestro. Sentí, con una claridad que me heló la sangre, que un tercer ojo se abría en mitad de mi frente invisible, permitiéndome ver más allá de lo permitido.

III

Fases de lucidez alternaban con negros zarpazos de amnesia. No sé decir cuánto tiempo duré en aquel cuarto, ni cuántas veces mi cuerpo fue sólo un vehículo, una marioneta animada por fuerzas desconocidas; pero la memoria, en su acto de piedad o condena, me alumbró tres escenas.

La primera fue una orgía lenta e hipnótica en la que, bajo las máscaras, las bocas de mis acompañantes incluían formaciones de dientes que no correspondían a la anatomía humana, y sus lenguas se bifurcaban como ramas de un árbol podrido. El placer que me envolvía no era en absoluto sólo humano: era además una corriente eléctrica, lúbrica y gélida que ascendía desde mis piernas hasta el cráneo, como si una mente abisal se alimentase de cada uno de mis jadeos.

La segunda escena aconteció en una sala secundaria —a la que fui guiado por L. y otros dos miembros, tras un trance de sudor y lágrimas. Allí, sobre una losa ritual, yacía una figura cubierta por sábanas de lirios marchitos. Al retirar las flores, descubrí un cuerpo que parecía estar compuesto de vapor y sombra, fluctuando como una masa líquida. El grupo pronunció oraciones en la Lengua Segunda, reservada para los ritos de Yphth, y sentí la imperiosa compulsión de fundirme con aquella cosa. La experiencia fue un descenso por escalas de éxtasis y miedo, en los que mi yo se multiplicaba y desvanecía como polvo en torbellino, y un conocimiento visceral me poseyó: lo que yacía bajo el encanto de lo adulto era un abismo en el que la carne se volvía maleable y el alma huía de sí misma.

La última memoria es la más atroz. Cierta noche, los asistentes fueron convocados a una catacumba al pie de la casa. Abajo, bajo bóvedas donde la luz azul imprimía reflejos de locura sobre los muros, se celebraba el Ritual de la Consumación. El aire estaba denso, como si fuera posible nadar en él. A cada paso, las piedras retumbaban como órganos de un cuerpo gigantesco, y voces sibilantes, algunas humanas y otras imposibles, recitaron la letanía: “Yphth, portador del deseo sin nombre, aceptamos el don de tu rostro y la sombra honda de tu abrazo.”

Entonces, la “fiesta” se retorció en pesadilla. Los cuerpos comenzaron a fusionarse —no sólo en la cópula, sino en la carne misma— y en horribles configuraciones que ningún dibujante podría concebir. Tentáculos de piel, ojos dispersos, bocas en la palma de las manos, miembros duplicados: la carne celebraba a Yphth en formas que reían de la biología y la razón. Sentí, en algún lugar muy lejos, que mi propio rostro era hollado y seducido por dedos cuya textura era historia, memoria, falsa ternura. Oí el gemido de L., transformado en polifonía imposible, y cada célula de mi ser fue violada por la presencia auténtica y azulada de aquel que acecha entre los suspiros del goce extremo.

IV

Desperté a la intemperie, cubierto de heridas frescas y con la mente enturbiada. Solo, sin más vestigio de mis compañeros que fragmentos de vestimenta ensangrentada y la impresión de sus pisadas deshaciéndose bajo una fina llovizna. El edificio, ahora una ruina harapienta, parecía una caricatura de lo que viví dentro. Huí, enloquecido, por las alleas de Arkham, mientras voces incorpóreas sugerían nuevas “reuniones” en la duermevela que precedió a mi única y última noche de falso reposo.

Desde entonces, la ciudad ha perdido sus contornos. Veo en los ojos de los desconocidos el brillo helado de los adeptos de Yphth; oigo en los gritos de placer o dolor de la noche los ecos del abismo. Mis recuerdos, ocasionales y dolorosos, regresan en sueños húmedos y viscosos, en los que la carne y el deseo ya no me pertenecen del todo. El conocimiento adquirido ha transformado mi percepción del placer y el horror, pues ambos son meras facetas del mismo rostro amorfo, de aquel que repta y susurra desde lo profundo.

Por eso escribo, con manos temblorosas y el alma herida, para advertir sin esperanza: el adulto que persigue los umbrales del placer puede descubrir que su cuerpo y mente sólo son moneda de cambio para quienes acechan desde tinieblas más allá del entendimiento. Yphth aguarda allí donde todo deseo se subvierte, y ni la mayor desesperación justifica su encuentro.

Ruego, lector, que no busques la Casa al Final del Camino, ni preguntes por La Asfódelos, pues ni el conocimiento ni el placer pueden resarcirte de las cicatrices que en la noche, bajo la luz azul, recibí y por las que aún suplico olvido.

Y así concluyo, sabiendo que cuando apague la vela y cierre el manuscrito, un rostro sin rasgos concretos surgirá al borde de mi lecho, gimiendo y susurrando en la lengua del deseo que nunca debió ser nombrado.

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