Portada del relato La marea devora las huellas
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Fragmento:


—La primera vez que vine aquí, juro que vi… algo. Creí que era solo la marea sucia: redes, basura, una sombra. Pero la sombra me miró. No tenía ojos; tampoco boca. Era un hundimiento, una grieta donde el mundo se tragaba a sí mismo.

Duración: 09:46

La marea devora las huellas
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Texto de ajuste de pausa.

El club experiencias para adultos era, primero que nada, un acuerdo tácito. Nadie que entrara mencionaba que así había sido bautizado en los foros, ni que su portal de acceso era la reputada puerta trasera de un bar ruinoso en la Avenida Guerrero. Esa noche, sin embargo, advertí un cambio: la humedad del mar se colaba por las rendijas, enhebrándose con el olor a licor destilado y perfume barato, hasta transformar el aire en una promesa inquietante, casi bioluminiscente. Allí estaba ella, sentada junto a la pecera, acariciando los cristales con un dedo cubierto de anillos.

—¿Primera vez?

No había notado a la mujer del sillón bajo la lámpara roja. Tenía voz de subsuelo, y un lunar oscuro cerca del lagrimal. Me encogí de hombros, disimulando la tensión. El encargado, un tipo de sonrisa cóncava y presilla plateada, seguía repitiendo la pregunta esencial:

—¿A qué tipo de experiencia has venido?

—Algo diferente —dije—. Sorpréndame.

No es una invitación, sino una capitulación, pensé luego, mientras ella —la de bajo la lámpara— me hacía señas hacia el fondo. Caminamos entre terciopelos manchados, espejos vestidos de polvo, fragmentos de conversaciones lanzados como monedas en un pozo sin fondo. No importaba cuán absurdo pareciera: yo buscaba algo que me regresara la sensación de abismo. Desde que el accidente apagó mi percepción del peligro, la vida era una llanura plana y, si alguna vez hubo montañas, ahora eran meros relieves en la memoria.

La habitación final era distinta: paredes forradas en un mosaico de baldosines marinos, repisas cargadas de objetos desenterrados —antiguas brújulas oxidadas, fragmentos de conchas, medallas con inscripciones carcomidas— y un ventanuco que daba directamente a un canal trasero, donde el agua, negra, oscilaba apenas. Dos personan aguardaban: un tipo flaco con camisa de lino, y una mujer de piel cetrina. Los tres se miraron como cómplices; la de la lámpara agitó una campanilla.

—Esto se llama "sumersión", forastero. Prohíben los móviles, los nombres y las promesas fáciles. Solo la historia y el umbral.

Me tendieron una copa amarillo pálido; el aroma era salino, melancólico, y me sentí inclinado a tomarlo de un solo trago. El retrogusto me arrastró, lento, como una marea de recuerdos parcialmente míos.

—¿Recuerdas la última vez que sentiste verdadero miedo? —preguntó la cetrina, mientras el tipo de lino encendía un cigarro aromático—. No hablo de susto: el miedo real, el que hace que prendas la luz, que duermas con los ojos abiertos. El miedo que deja huella.

No respondí, deseando que mis pupilas no me delataran. Afuera, el rumor de las aguas entonaba una letanía. La campanilla repicó por tercera vez.

—Todo comenzó con la marea; ningún lugar del mundo huele igual que la costa cuando viene la tormenta. Ni el puerto, ni los garitos, ni las habitaciones de hotel ruinosas logran imitar ese tufo a músculo podrido y sal, a promesa de balsas rotas y peces ciegos. Nuestra "experiencia", —sonrió la de la lámpara, su voz ahora era una caricia venenosa— no es sobre sexo ni drogas ni juegos de rol. Es un reencuentro, aunque nadie sepa si con su raíz o su despojo.

Abrió la ventana; una bocanada de aire me empapó, frío y vivo, mojando la madera corrompida. El canal estaba inusualmente alto: el reflejo parecía un tapiz moviéndose en el limo. Del fondo emergía una bruma verdosa. El tipo del cigarro se sentó en el alféizar y comenzó a hablar.

—La primera vez que vine aquí, juro que vi… algo. Creí que era solo la marea sucia: redes, basura, una sombra. Pero la sombra me miró. No tenía ojos; tampoco boca. Era un hundimiento, una grieta donde el mundo se tragaba a sí mismo.

Y entonces, todos, a su modo, comenzaron a relatar. Historias de noches desveladas, de resacas y de amores perdidos a la orilla del mar. De encuentros improbables en playas desiertas, de figuras vistas solo de reojo, de luces que parpadeaban bajo el agua como la inquietud bajo la piel. Mi lengua se soltó sin que yo lo decidiera:

—Yo vivía cerca del acantilado. Cuando tenía trece, recogía caracoles tras la tormenta, entre los bloques de cemento cubiertos de limo. Siempre había charcos, pero una vez, vi algo imposible en uno. Un ojo. No un pez ni una babosa: un ojo amarillo, enorme, definido como luna llena. Sentí que me miraba, pero cuando intenté hablar de ello después… los recuerdos se diluyeron. Solo quedó esa avidez de volver, de saber si era real.

La mujer cetrina me asintió, sabia y triste.

—La costa llama a los que la han tocado de niños; la costa marca. Pero no venimos a compartir nostalgia. Esta noche baja la marea más profunda, y alguien… —hizo una pausa, mirando a la de la lámpara— trae consigo la clave. Este lugar está edificado sobre una grieta que, en ciertas noches, deja oír el otro lado.

La lámpara tintineó; la habitación quedó en penumbra apenas traspasada por el verde fosforescente del canal. La de la lámpara comenzó a tararear algo imposible, entre inglés e idiomas que jamás se han pronunciado. El tipo de linao se levantó y sujetó una cuerda; la cetrina sacó del bolso una figura de piedra.

—Ahora eres la bisagra, —dijeron a coro—. Si deseas cruzar, saluda. Si no, te quedarás para escuchar.

Mi mente resistió el envite. Cruzar. ¿A dónde? Casi reí, pero no quise parecer menos valeroso. Balbuceé un saludo: "Buenas noches". El piso, bajo mis pies, se tornó viscoso. El mundo resbaló.

Imagina la ciudad donde no hay amanecer. Solo una noche tenaz, acariciando estructuras no rectilíneas, donde el agua cubre y recede grácilmente, dejando expuestas columnas y obeliscos. La marea, interminable, pulsa como un corazón enfermo, y sobre ella flotan entidades altísimas, anquilosadas y titilantes.

Imagina que adquieres conciencia, de pronto, de que apenas eres un fragmento, una duda suelta entre hálitos y tentáculos, que la suma y resta de tu carne y memoria no significa nada frente a los patrones abisales trazados por arquitectos inmemoriales.

Eso sentí, abruptamente, cuando la cuerda se tensó en mi brazo y el mármol frío presionó mi mano.

La habitación desapareció; estaba en lo que alguna vez fue el Malecón, o su sueño infectado. Torres inclinadas, oscuras, ventanas más grandes por fuera que por dentro; el olor lo envolvía todo como un edredón podrido. Supe que no debía avanzar, pero mis pies ya no obedecían.

En la lejanía, una melodía reptaba por los canales: ronca, inarticulada, semejante al retumbar de órganos podridos. Y, sin embargo, mi corazón latía con la melodía: algo antiguo y familiar respondía a su llamada. Vi a otros, cuerpos dispersos, rostros blondos por la bruma, arrastrándose hacia los pilares. Algunos caían a los charcos; en un instante revivía mi infancia, la visión del ojo amarillo, su mirada departiendo lo inefable.

"La ciudad no está muerta" —dijo una voz gelatinosa, surgida de mis propias ansias—. La ciudad duerme para soñar con quienes la sueñan.

El agua, tibia, me acarició los tobillos. De la marea emergió una figura, mitad sombra, mitad coral, con el torso decorado de algas y la cara erosionada hasta confundirse con la roca viva. No tenía boca, pero supe que me hablaba.

—Eres portador. Recuerdas el ojo, el accidente, la caída. Quieres peligro porque algo te llama desde el fondo. Pero lo que crees buscar no existe: solo el hambre de ser visto por lo innombrable.

Atrás de mí, otros cuerpos se sumían entre las ondas. Nadie gritaba: el silencio lo cubría todo, denso, mineral, hasta casi asfixiarme. Reuní mis fragmentos de conciencia y pregunté, sin palabras:

—¿Qué ocurre si salto, si permito que la marea me trague? ¿Regresaré?

La figura extendió un brazo coralino. Toqué su piel; era granular y, por debajo, latía una pulsación de luz verde. Tuve una visión: cientos de ciudades superpuestas, canales que se abrían como heridas frescas, seres morando bajo la piel del mundo; sus cantos eran ecos, y el eco era el origen. La costa, supe, era solo una frontera.

Me desperté, cuerpo dolorido contra el suelo de baldosas. La ventana seguía abierta. Los otros, sudorosos y pálidos, apenas murmuraban. La de la lámpara pasó un paño húmedo por mi mejilla.

—No todos regresan igual —susurró—. Pero quienes cruzan no olvidan el sabor del miedo.

Me costó incorporarme. Entre mis dedos hallé un fragmento de piedra: la figura de un pez con un ojo enorme y amarillo. Afuera, la marea sonaba como un rugido distante, y juro que el aroma —a músculo, sal y recuerdos podridos— me siguió durante todo el camino de regreso por el desfiladero de luces de la ciudad.

La noche, desde entonces, es más oscura, y el vacío bajo la piel, más profundo. Sé que la costa me llama aún; supe, sin aprenderlo, que la grieta sigue esperando justo donde el mundo parece terminar. Cuando duermo, la ciudad sumergida le susurra a mis sueños, y a veces, solo a veces, la bruma adquiere un matiz verdoso y familiar, y en lo más hondo del canal, un ojo abre y me recuerda quién es el verdadero portador.

Eso es todo lo que puedo contar esta noche. Pero no te engañes: nadie vuelve del todo de la costa de los recuerdos dormidos. Nadie.

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