Fragmento:
La mañana siguiente, Arkham estaba sumida en un brillo polvoriento, reverberando bajo la neblina desde el río Miskatonic. Llegué a la universidad y abrí la Biblioteca Austera antes de que ni siquiera las chicas de los clubs de química se asomaran; no porque temiera a los estudiantes, sino porque allí, en la sala Barker, el aire parecía suspendido en otra década.
Duración: 10:34
Me marché de Boston en enero porque la casa de mi hermana pasó del susurro al grito. Tres noches enteras, el mismo sonido de fondo, como si alguien caminara lento sobre nieve recién caída, pero en la segunda planta donde ninguna pisada era posible. Me mudé a Arkham por dinero y porque nadie me conocía ahí, porque –si uno lo piensa de ese modo– el miedo también es una forma de capital.
Mi apartamento estaba encima de un café somalí cerrado desde la pandemia, la caldera escupía calor amarillo y la vista del otro lado de la calle recortaba la fachada de la biblioteca Orne bajo un ángulo tan extraño que podía jurar cada noche la existencia de dos ventanas que desaparecían al amanecer. Pedí mi transfer a la Universidad Miskatonic sabiendo que era una vía muerta en mi carrera, pero prometerme rutina entre libros antiguos se sentía, entonces, como una tregua.
El segundo viernes de febrero, aún adaptándome al insomnio en la ciudad nueva, la llamó a eso de las dos de la mañana:
—¿Tienes algún libro con el nombre de Murphree en la cubierta? –preguntó Julia.
No era una pregunta casual. Sabía de inmediato por su voz, un temblor oculto detrás del tono neutro, que el pasado seguía acechando.
—Ya te dije que el diario de mamá fue destruido en 2019 —respondí.
—No hablo de mamá. Es otro Murphree. Encontré un nombre grabado… estaba detrás del espejo, sabes el armario del despacho. Sólo aparece con luz negra.
Supe qué debía hacer por esa punzada de fatalismo heredado de nuestros abuelos, esa certidumbre que los Barron habíamos disfrazado de sentido común por generaciones: algo antiguo no quiere salir de nuestras vidas, sino que nos arrastra a su ciclo.
La mañana siguiente, Arkham estaba sumida en un brillo polvoriento, reverberando bajo la neblina desde el río Miskatonic. Llegué a la universidad y abrí la Biblioteca Austera antes de que ni siquiera las chicas de los clubs de química se asomaran; no porque temiera a los estudiantes, sino porque allí, en la sala Barker, el aire parecía suspendido en otra década.
El Catálogo no ofrecía mucho sobre Murphree, sólo un par de artículos traducidos del alemán y un facsímil escaneado: “El diagrama de las dimensiones liminares”, fechado en 1927 pero con una intro de 2009 por un anónimo. Recordé ese apellido de la genealogía de las familias Arkhamitas, los murales desgastados en la antigua Orne y los rumores de que era uno de los que excavó bajo el solar de la actual Facultad de Antiguas Lenguas.
Abrí el archivo digital sin expectativas. Eso me salvó de gritar.
Las primeras páginas eran disertaciones sobre la geometría de “Pnakotus”, la ciudad supuesta del mito prehumano, pero seguía señalando, una y otra vez, que la percepción lineal del espacio era ya una deformación psíquica. En mitad del ensayo, un párrafo marcado con una estrella, manuscrito y escaneado:
“Los que recuerdan lo imposible, lo hacen porque una parte de ellos sigue allá, donde el tiempo está estratificado. En las capas más superficiales, los nombres han cambiado, los campus muestran ladrillos modernos, pero las cuevas ciegas siguen hiriendo la tierra bajo Arkham. Hay palabras que abren las puertas de regreso.”
La referencia a la palabra clave –“asguoth”—me arrastró de vuelta al recuerdo de mamá, la única vez que la oí murmurar así mientras se limpiaba sangre negra de las manos. Cerré la pestaña, pero guardé una copia con nombre inocente.
En la tarde esa sensación de pendiente, como soñar que vuelas y al despertar tienes miedo de los bordes. Todo cambió cuando la conozco a ella, Ramsay, sentada en la banqueta de la sala de manuscritos, igual de perdida en su laptop que yo en mis notas. Es raro encontrar en Arkham a alguien que no huye de las coincidencias extrañas: su primer comentario fue,
—Esa ficha, la de Murphree... a ti también te salió hoy.
—No fue casualidad —respondí. Y empezamos a hablar de los registros digitales, de cómo hay tags “ocultos” en el intranet que sólo emergen al buscar lo correcto.
—¿Y si la base de datos fuera algo más que texto? —preguntó—. Un ritual, un mapa vivo.
Esa noche compartimos cerveza barata en mi apartamento y desbloqueamos secuencias: buscar “diagrama”, luego “barker”, luego saltar entre fechas truncadas desde 1921 a 2012. Abría rutas no públicas, pequeñas notas al margen, diagramas circulares, y el nombre PNAKOTUS surgía con una frecuencia que hacía nudos en la garganta. Hubo un archivo donde aparecía un símbolo: una forma doble entre estrella y miriápodo, y la advertencia: “NO CRUCES EL UMBRAL SIN PREPARACIÓN SUFICIENTE.”
Ya era medianoche. Afuera, la niebla hacía borrosos los semáforos de la Ruta 7.
Intenté distraerme con trabajo, recorrí un ensayo de Baird sobre “near spaces”, leí el email de mi jefe que reclamaba la repentina falta de informes, pero la obsesión con lo encontrado crecía como musgo en la mente. Ramsay era peor: se obsesionó con la red local, convencida de que debía haber una sección física, un cuarto olvidado, donde los primeros equipos informáticos hubiesen dejado algo atrás.
El lunes siguiente, fuimos a la sala del sótano. Era una ruta prohibida, tecnicamente sólo para resguardo de archivos, pero Ramsay tenía una tarjeta vieja de algún profesor difunto. La humedad olía a moho antiguo encima del olor mineral de piedra recién abierta. Entre los archivadores metálicos y las cajas de revistas amarillentas encontramos el panel: una compuerta cuadrada, sin manija, al nivel del piso sur. Ni alarma, ni luz siquiera, pero nuestros teléfonos dejaron de tener señal.
—Allí —dijo ella—. Ahí está el punto de cruce.
Era absurdo y, al mismo tiempo, no podía pensar en hacerlo de otro modo. Saqué el móvil y encendí la linterna. Con la mano temblorosa toqué el panel; la textura era viscosa y parecía absorber el calor de la piel. Un leve zumbido se me metió en la cabeza, como el eco de hormigueo sin fuente visible. Busqué el símbolo grabado bajo la pintura desconchada: una doble espiral. Entendí por qué: era el signo que ornamentaba las orillas de las páginas digitalizadas de Murphree.
Abrimos el panel con fuerza: cediendo, como cede el cartílago viejo, dejando a la vista un espacio angosto, escaleras de hierro hundiéndose en oscuridad. Bajamos, uno tras otro, la luz danzando sobre paredes invisibles cubiertas de diagramas casi borrados. Sentí la presión en las sienes y el aire se espesó: la arquitectura de abajo no correspondía a la superficie del campus.
Había una sala abovedada, circular, donde las paredes parecían girar aunque los pies estuvieran firmes. En el pie de la bóveda, un gran círculo, tallado en bajorrelieve: una estrella de dieciséis puntas, y en cada vértice el relieve de algo que era tanto letra como insecto como ojo. En el centro: un libro, cerrado, de cuero manchado, la palabra Murphree apenas visible.
—¿Lo tocamos? —murmuró Ramsay.
Intenté responder, pero mi voz era débil, como difuminada en otro idioma. Me incliné, acerqué la mano, y sentí el frío del cuero viejo absorber el calor de mis dedos. No había polvo, pero al abrirlo el olor a hongo y tierra era insoportable.
Las páginas no tenían palabras. Tenían esquemas, secuencias numéricas, símbolos en caligrafía casi prehumana. El primero era idéntico al que mamá había dibujado una vez en la tina, el día previo a internarla, y que ningún limpiador removió del todo.
Ramsay señaló una fórmula. Una ecuación simple pero que, cuando la pronunciamos juntos, produjo dos reacciones simultáneas. Una fue interior: una corriente de imágenes, flashes de ciudad bajo otro cielo, con geometría imposible. Edificios invertidos, animales con múltiples extremidades, la textura de los sentidos desplazada, como si vista y tacto y sueño se mezclaran. La segunda fue exterior: la presión en la bóveda descendió, la sensación de vértigo reemplazada por un gélido sosiego.
Escuchamos voces. No de nuestra dimensión. Sonaban a murmullos de niños bajo agua, decían variantes de palabras que sólo podían surgir de pesadillas antiguas. Las paredes vibraban, la piedra misma entonando acordes perdidos. Sentí el pánico justo cuando mi pierna derecha dejó de obedecer, rígida, con una corriente eléctrica recorriendo la médula. Ramsay me sostuvo, pero estaba igual de aterrada.
Miré a la puerta: la escalera por la que habíamos bajado no estaba. Había en su lugar un prisma negro, cubierto de símbolos, vibrando, retorciéndose sutilmente bajo la luz artificial. El libro, al contacto con la página siguiente, exudaba gotas de un viscoso líquido ígneo, que chorreaba hacia el círculo de la bóveda como si estuviera encendiendo un mecanismo.
Recordé la nota de Murphree: “NO(entres)sin preparación suficiente.” Era tarde para arrepentimiento. Ramsay recitó parte de la letra: “Aresth kulur asguoth…” y sentí un desplazamiento, como si mi mente y cuerpo se desfasaran apenas un milisegundo.
Entonces, todo cesó. La luz vaciló. El círculo brilló con un resplandor azul y la presión sobre nosotros se disipó. Estábamos solos. El libro cerró sus tapas como por voluntad propia.
Subimos. O creemos haber subido. El sótano era igual, pero en los archivadores había revistas distintas; el café somalí tenía una vidriera restaurada; la biblioteca Orne, vista desde la calle, tenía ambas ventanas iluminadas al anochecer. Revisé mi móvil: fechas distintas, mensajes de personas que no conocía. Ramsay estaba pálida, la mirada perdida.
—No recuerdo cómo llegué aquí –dijo—. Ni si somos nosotros todavía.
Quemamos el libro en la caldera del Instituto esa noche, pero la mancha negra no desapareció del suelo. Ni de mis sueños: cada vez que cierro los ojos, veo la ciudad invertida, oigo los pasos detrás del armario, escucho la voz de mamá susurrar la palabra prohibida. Julia me llama desde un número que nunca logra conectar, sólo modulaciones digitales vacías.
A veces, camino frente a la biblioteca Orne a medianoche y, cuando las dos ventanas aparecen iluminadas al mismo tiempo, sé que algo abajo, en las capas más profundas de Pnakotus o Arkham o lo que sea que llamamos realidad, ha dejado la puerta apenas entornada. Vibrando, esperando el próximo ciclo.
Y el murmullo vuelve, implacable, como nieve sobre las tablas secas de una casa abandonada.
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