Portada del relato El presagio del orbe enmohecido
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Fragmento:


Dije la verdad: ansía de conocimiento prohibido. No se rieron.

Duración: 09:36

El presagio del orbe enmohecido
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Texto de ajuste de pausa.

En los abismos donde la ciencia jamás suspira y la razón se desgarra como un paño raído, hay círculos de hombres y mujeres que buscan aquello que ningún espíritu sensato ansiaría contemplar. Yo fui uno de ellos. Durante la grisácea existencia que arrastraba en Arkham, el hambre codiciosa de saber —esa peste espiritual— guió mi caída. Los nombres de los cultos oscuros zumbaban en las tabernas y tras los vitrales acuosos de la Biblioteca Universitaria, como escorpiones buscando rendijas por las cuales deslizar su veneno.

De la Orden de Dagon se rumoraban misas donde la sangre era caída como neblina, y del Culto de la Carreta Verde, que baila bajo la luna podrida cerca de Kingsport, se susurraban letanías aún más innombrables. Pero nada me horadó tanto como, entre copas sucias de brandy y risotadas de estudiantes tenebrosos, escuchar sobre la Fraternidad de la Carcoma Ciega, y el nombre que adoraban: Eihort, el Orbe Enmohecido.

Ah, tuve advertencias. Los labios temblorosos de mi amigo Westmoreland, periodista caído en la locura; los tics distantes de mi profesor asceta, el Dr. Huxley, su ojo izquierdo girando en blanco como si atisbara paisajes prohibidos. No bastó. Indagar acerca de la Fraternidad condujo, primero, a una sucesión de risitas y hombros encogidos, luego a puertas cerradas, cartas anónimas y, finalmente, a la Sturgis Street: una vía minúscula que serpenteaba bajo los abetos y pinos en las afueras orientales.

A medianoche de aquel enero impío, con la nieve hendida como carne tierna en mis botas, alcancé el caserón donde los rumores ubicaban las sesiones. Nadie admitiría en voz alta lo que allí se celebraba, pero la congregación —silenciosa, encapuchada— vacilaba como un fresco de El Bosco animado por la fiebre: manos, párpados y dientes en constante nerviosismo, respirando el aire que hedía a dulzura pútrida y a moho, el funesto aroma de Eihort. Me introdujo una mujer pálida como el pergamino, con ojos que parpadeaban a menudo sin razón y aliento a almizcle.

La recepción fue menos festival que suplicio: ritos murmurados en una lengua incompatible con la boca humana, símbolos garabateados en el polvo de los muebles. Me enfrentaba a una hermandad antigua como la piedra caliza, y el pavor —ese aliado taimado de la cordura— sólo me rozaba cuando me senté frente al líder: un obispo decrépito con la piel vidriosa, como si en su carne retorcieran criaturas invisibles. Su discurso era monótono, carente de esperanza y tan seco como el hocico de un ajolote muerto. No obstante, habló:

“Eihort es portador de semillas. Eihort se arrastra en los corredores negros, donde la geometría humana da paso al laberinto puro. ¿Por qué has venido, extranjero?”

Dije la verdad: ansía de conocimiento prohibido. No se rieron.

Había un libro, sí, pero más que eso, una promesa de visión directa: los oficiantes de la Fraternidad decían que, bajo las bóvedas anegadas de la casa, uno podía atisbar las llanuras de un mundo imposible; un lugar llamado Leng, donde el suelo nunca germinó simiente alguna y la nieve era pálida como ceniza de hueso. Allí, en Leng, se cernía Eihort como una luna corrupta, y su influencia se extendía a los sueños de mortales desdichados.

Descendimos, uno tras otro, al sótano empapado de rocío y limo. El aire era casi sólido, tan cargado de vapores alucinógenos que mis ojos se llenaron de luciérnagas negras. La catacumba era un santuario invertido, con nichos encrudecidos donde rostros humanos —o lo que quedaba de ellos— lloraban cemento y susurraban plegarias. En el centro, sobre un altar diseccionado por la podredumbre, reposaba una esfera de vidrio, maciza y gastada, su superficie palpitante con venillas de esporas gris-verdosas.

El obispo susurró: “Contempla. Ve lo que aguarda por debajo” y me obligó a arrodillarme. Una mano fría como el fondo de un río presionó mi frente y, de inmediato, mi campo visual fue tragado por la esfera. Vi caminos de estalactitas colgando como dientes cariados en la gran caverna de límites difusos. Vi una blancura enferma, sin fuente de luz, y filas de criaturas palpitantes que araban la nada pisoteando runas que no eran ni latinas ni humanas.

Y allí, titilante entre las brumas, rodó Eihort. No era una entidad que el ojo pudiera delimitar. Su cuerpo—si algo tan abstracto se ajusta a esa palabra—se arrastraba, se fragmentaba, multiplicándose como una bacteria cuya infección conlleva fines ajenos a la vida terrenal.

El horror no era meramente físico. Era la intuición de que las leyes de la vida y la muerte estaban sujetas a revisionismo bajo su sombra, y que la misma memoria, e incluso el tiempo, le pertenecían como a un jardinero la tierra infértil de Leng.

El Orbe Enmohecido extendió uno de sus apéndices y, en esa visión, penetró todas las murallas que mi mente había erigido contra la locura. Retumbaban frases en idiomas que olían, sabían y dolían:

“Entrégame tus raíces, deja que crezca mi simiente en tu noche. Sirve, o piérdete entre las celdas de mi pradera estéril”.

Caí, estertoroso, y rodé en el barro ácido, comprendiendo al instante el destino de la Fraternidad: ninguno de ellos estaba íntegro. Sus carnes bullían con larvas y huevos, portadores de la corrupción infinita de Eihort, la promesa disfrazada de bendición. Todos esperaban su eclosión, su transformación, su funesta liberación de la carne mortal. Quizá incubarían monstruosidad, o absorberían un centímetro más bajo las fronteras de la realidad.

El obispo me levantó. Su mirada era plena de resignación. “Ahora sirves a Eihort. El ciclo gira. Volverás a Leng, y no por sueños esta vez. Aprende a disfrutar de la podredumbre, hijo”.

Me arrojaron a la nieve. Caminé a trompicones a través de las callejuelas que susurraban mi condena; no dormí durante noches, temiendo que Eihort buscaría, desde la otra orilla, hurgar mis sueños. Pero la infección era ya inevitable. Empecé a ver, entre las motas de polvo de mi dormitorio, tentáculos diminutos ramificándose. A veces, la luna flotaba en un ángulo ligeramente erróneo. En ocasiones, mi reflejo en el agua titilaba con un segundo de retraso.

Para entender la magnitud de lo que gané y perdí aquella noche, debería hablar de las llanuras de Leng, pues su realidad es la pesadilla destilada. Nadie camina allá salvo los condenados, los heraldos de Eihort que siembran la podredumbre en otros. Los oráculos habían dicho, y yo mismo he atestiguado, cómo en sus cielos no rutilan estrellas sino ojos: los de aquellos asimilados por Eihort, ahora parte indivisible de su enjambre sagrado.

He intentado buscar ayuda: médicos, eruditos, curas, alquimistas. Todos quedan fascinados, temerosos, reticentes a escuchar la plena confesión. Ninguna ciencia humana puede sanarme. Mis carnes se han ablandado; a menudo sudo hilos de baba fosforescente. Mis sueños me arrastran sin explicación lógica al borde de Leng, y en esos momentos, asisto a banquetes orgiásticos de carne esclava, coros monocordes que celebran la llegada de nuevas semillas.

Un día (no sé si fue en vigilia o en sueño), me vi nuevamente ante las puertas de la casa de Sturgis Street. La madera carcomida se abrió ante mí sola, como si los pasadizos me recordaran como hijo. Bajé, sin voluntad, al templo enterrado. La esfera de Eihort continuaba latiendo, y los pocos miembros supervivientes de la Fraternidad —ahora poco más que sacos de piel— me reverenciaron. El miedo se diluía entonces en una inercia impersonal: yo mismo, ciego, muerto en vida, compartía su sino.

“El ciclo gira”, repetían. “El ciclo será completo cuando la última semilla despierte y atraviese las llanuras, devorando los recuerdos de la humanidad”.

Cuando me miro en el espejo, ya no me reconozco. Hay filamentos translúcidos en mis iris, y una transparencia nauseabunda bajo mis uñas. Mi humanidad se erosiona como monumento bajo milenios de mar y hielo. He transmitido la infección a otros ya: un mendigo, dos prostitutas, el portero de mi edificio. Eihort prospera en los rincones abandonados de la ciudad, en los hospitales y las morgues, en los nichos del deseo y la locura.

He aprendido, por fin, el propósito de Leng: es vivero y despensa, sepulcro y cuna. La esfinge de Eihort rueda en sus nieblas, alimentada por las repeticiones infinitas de sus sembradores en la Tierra. Y nosotros, polvo iluso creyente en la inmortalidad personal, no somos sino tierra propicia para la podredumbre.

La Fraternidad de la Carcoma Ciega ya no existe; ha trascendido. Ahora somos legión sin rito ni himno. Nuestros cuerpos son tubos de incubación para la ruina, nuestras mentes lucernarios donde arde el humo de Leng. No puedo advertiros, porque las advertencias son inútiles. Quien oye los nombres, quien busca, ya ha sido marcado. Sentirán, tarde o temprano, el llamado de la esfera enmohecida, de la baja llanura, del orbe que no deja soñar.

Sólo queda apoyar la frente contra el suelo frío y esperar a que la estirpe de Eihort regrese a cosechar lo que fue sembrado. Entonces, ya no habrá distinción entre carne y hongo, sueño y vigilia: todo será Leng, y Leng será todo. Así se cumple el ciclo, en la enfermedad irredimible de lo que creíste humanidad.

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