Fragmento:
Busqué el acceso a las criptas siguiendo el débil resplandor de líneas fosforescentes, reminiscencia del extraño arte de pigmentos y minerales desconocidos. Finalmente, descubrí una grieta entre dos zigurats, vestigios de una arquitectura que sólo podría haber sido concebida por aquellos que vivieron en eras cuando la muerte y la vida no eran realidades separadas.
Duración: 08:59
En las ruinas de una comarca despoblada de Hyperbórea, donde el viento cruje a través de columnas carcomidas y los líquenes fungen de alfombra con sus filamentos azul-verdosos, mi destino fue sellado en las primeras sendas del crepúsculo. Yo, Erthion de Cerngoth, había seguido los perversos rumores que corren entre estudiantes de saberes prohibidos: historias sobre una civilización sepultada desde épocas tan antiguas que apenas la memoria de los dioses osaba recordarla.
El propósito de mi búsqueda era un tomo innombrable, descrito en los susurros de los iniciados como fragmento roto del propio Libro de Eibon. Mas en mi vanidad jamás preví que las palabras y enseñanzas del libro podían ser meros atisbos ante los horrores que la realidad oculta entre las paredes pútridas del tiempo.
Las sendas hacia mi ruina fueron abiertas por el anciano Morzand, quien, entre delirios y risas apagadas, me habló, en las desoladas noches de Uzuldaroum, sobre Ylithe: ciudad olvidada bajo el polvo de eones, cuyas criptas aún guardaban un poder sediento de ser invocado. Me dio apenas la sombra de un mapa, garabateado en piel de no sé qué bestia abisal; me advirtió: “El que camina entre los muertos de Ylithe aprende que las palabras de Eibon son una misericordia frente a la verdad atesorada en el corazón de la ruina.”
Partí armado sólo con mi ingenio, una lámpara de hierro y la estampa raída del libro maldito, pues no conocía más guía que las torcidas líneas y el temor. Los caminos de Hyperbórea, extendiéndose entre tundras perladas de escarcha y matorrales opalescentes, fueron una procesión de pesadillas. El aire cobraba densidad en la cercanía de Ylithe, el cielo parecía denso y, a la vez, jadeante de nubes púrpuras como heridas. Por las noches la luna temblaba en un mar de negrura hinchada por neblinas amarillas.
Mi llegada fue presenciada sólo por el susurro del viento arremolinándose entre estructuras ciclópeas. Ylithe se elevaba –o más bien, se sumía– en un silencio espeso. Las calles estaban cubiertas de polvo violeta, sus estatuas inscribían gestos de un dolor ajeno a la comprensión humana. Aquí los relieves de las paredes representaban seres sin nombre, rodeados de augurios astronómicos y símbolos que latían repugnantes bajo la luz de mi lámpara.
Busqué el acceso a las criptas siguiendo el débil resplandor de líneas fosforescentes, reminiscencia del extraño arte de pigmentos y minerales desconocidos. Finalmente, descubrí una grieta entre dos zigurats, vestigios de una arquitectura que sólo podría haber sido concebida por aquellos que vivieron en eras cuando la muerte y la vida no eran realidades separadas.
Atravesé el umbral arrodillado, con manos inquietas. Un hedor acre brotó; respiré relente de aceites y de excrementos de bestias extinguida, y descendí, iluminando mi camino con el titilar moribundo del farol. Los escalones llevaban a cámaras abombadas, cubiertas de imágenes de flora y fauna desfiguradas, amalgamas de criaturas marinas y reptiles esqueléticos, y en el centro de cada mural, un ojo abierto, aguardando.
Mis pies, uno tras otro, me llevaron más allá del umbral del juicio. Las cámaras aumentaban en tamaño, y la decoración tornábase más grotesca. Estrujadas en la piedra, las historias eran alegoría de una civilización que había cruzado el umbral de la existencia mortal, que había comulgado en banquetes funestos, alimentada por la carne de los nacidos bajo constelaciones prohibidas. Los banquetes, según la imaginería, finalizaban siempre en ofrendas hechas a una sombra alada, dotada de innumerables tentáculos.
Al fondo del corredor principal encontré una cámara redonda, cuyo suelo estaba cubierto por lajas de jade gastado y ennegrecido. Aquí yacía el motivo de todos mis desvelos. Un atril de basalto, engarzado con ópalos bañados de reflejos interiores, soportaba un libro cuya encuadernación parecía haber sido tallada en la carne fosilizada de seres ignotos. Una visión parecida a la intoxicación me dio; sentí la inminencia de estar a punto de volcar en el abismo de la locura, pero la compulsión de leer me anuló el pensamiento.
Las páginas murmullaban bajo mis dedos, la caligrafía, más antigua que la humanidad, fluía en filigrana de insanos arabescos. No era el fragmento esperado del Libro de Eibon, sino otro volumen, pero su lenguaje era primo hermano de la oscura obra de Eibon, y relataba –¡ay, maldición perpetua!– los rituales de renacimiento de los Primigenios que acechan en la corteza del cosmos, eternamente al acecho de mundos prósperos y confiados.
En un dialecto que sólo podía comprender con el alma trastornada de miedo, descifré que Ylithe fue forjada por una estirpe surgida de la conjunción de lunas gemelas, y que desde entonces los habitantes, tras alcanzar prodigios de ciencia y magia, se volvieron devotos de fuerzas abisales. Actos atroces de sacrificio, necromancia, y la consumación de la carne viva no eran sino pasos de una liturgia que debían completar antes del eclipse último, cuando el Ojo sería abierto desde el centro mismo de la piedra, y la ciudad entera, junto con sus moradores impíos, serían absorbidos en una disolución más allá de cualquier palabra humana.
Una compulsión irrefrenable me llevó a recorrer el texto hasta que nuevas palabras, semiocultas en el exudado de la tinta violeta, me ordenaron desenvainar un cuchillo inscrustado en el atril y mezclar mi sangre con los símbolos. Obedecí con una mezcla de horror y éxtasis, sintiendo repentinamente el hormigueo de presencias inmemoriales a mí alrededor. Una niebla densa, repleta de gotas ambarinas, comenzó a exudarse de las paredes del recinto; en su movimiento advertí formas que reptaban, ajenas a la comprehensión: tentáculos etéreos, ojos de color indefinible, y bocas que gritaban plegarias inaudibles.
Comencé a retroceder, pero la cámara ya no era tal. El libro se volvió un pozo de profundidad infinita y yo apenas un borde, una mota de esperanza suspendida sobre la disolución. Las palabras del libro invadieron mi mente como una infección; comprendí la visión de Eibon, la razón por la cual fragmentos de su libro provocan la locura: describen la realidad velada, la verdad intolerable sobre los dioses abisales que, dormidos, infiltran sus sueños sangrientos en los cimientos de las civilizaciones.
Pude ver –o más bien, sentir con cada poro– a la sombra gigantesca que reinaba sobre Ylithe desde su exilio multieónico. No era únicamente el horror a la extinción física, sino a la integración de mi alma en un ciclo cósmico de penitencia y reencarnación bajo leyes que condenan a los vivos a ser carne y a los muertos a ser hambrientos.
Intenté cerrar el libro –inútilmente, pues los dedos no me respondían– y las páginas, poseídas ahora por vida propia, comenzaron a fundirse, transmutándose en piel membranosa, con pulsaciones similares a un corazón. Ecos de rituales, infinitos y discordantes, se filtraban desde el suelo, y de pronto la cámara estaba colmada de murmullos: palabras en lenguas pre-humanas mezcladas con el sibilino dialecto de Eibon, relatando la terrible verdad: en cada ciclo de extinción, la ciudad recibe a un forastero, y a través de su sacrificio, los moradores dormidos renuevan el letargo de su guardián.
Mi mente, fragmentándose bajo el peso de ese conocimiento, todavía se esforzaba por recordar los sortilegios de protección aprendidos en el grimorio de Eibon, balbuceados entre jadeos por mis labios exangües. No funcionaron. Las sombras reptantes lamieron mis pies y costados; el aire se tornó irrespirable, saturado por el hedor de flores muertas y resinas antarcticas.
En ese clímax, contemplé mi reflejo distorsionarse y disolverse entre ondas de luz y sombra; mi forma física derretida en la memoria de algo que sólo puede ser definido como la promesa de la desesperación. Mientras mi conciencia era absorbida, entre gritos que no pudieron abandonar mi garganta, vi que las criptas se extendían infinitamente hacia abajo, comunicando Ylithe con raíces que perforaban la misma tierra de los sueños y de los antiguos planetas condenados.
Desperté –o fui arrancado de mi identidad– en un espacio sin tiempo, donde me aguardaban las miradas expectantes de figuras mortíferas, vestigios de estirpes consumidas por el paso de los eones. Me reconocí en sus gestos, sus ansias, su pavor. El ciclo se cerraba, y en mí se completaba el tránsito del neófito a la presa, y luego al heraldo.
Desde entonces, mi condena es doble: atestiguar la llegada de otros buscadores y, al mismo tiempo, participar en el ritual final que perpetúa el destino de las ciudades que no pueden morir, habitadas por sueños hambrientos de carne y almas.
¿Quién puede recordar mi nombre ahora, cuando sólo el eco de Ylithe, en la última curva quebrada de Hyperbórea, mantiene viva la ruina y la esperanza de lo imposible? Y tras cada vuelta del ciclo espectral, cuando la bruma desciende y los nuevos lores de la desesperación buscan el saber prohibido, mi historia –y la de todos los devorados por el libro insano– se reescribe, fragmentada en cada página que el lector imprudente alcanza a rozar con la punta de sus dedos.
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