Fragmento:
No se oía ni mi propia respiración. El silencio era más punzante que un chillido. Sentí el pálpito de las entrañas de la tierra; a lo lejos, como retenido por paredes de kilómetros, un sustrato de tambor. No era el latido de mi corazón. Forcé la vista; la luz jugaba con mis nervios. Y entonces vi las marcas recientes: una cantimplora, una bandeja de aluminio, huellas embarradas. Allí estaban las señales de los arqueólogos. Les llamé, primero en voz baja, después gritando. La caverna absorbía el sonido, lo moldeaba y lo devolvía de tal manera que tuve la impresión de que se burlaba de mí.
Duración: 09:57
Solo el poniente se enciende de rojo, subrayando la gran cordillera que emerge al borde del horizonte y alzándola, oscura, sobre la explanada pedregosa. Allí, bajo un crepúsculo que parece preñado de otros milerios, se arrastran los sonidos. Goteos, rumores, un eco de trémulo viento se mezcla con algo más grave: la vibración arcaica de tambores surgidos de abismos desconocidos.
Cavilaba sobre esto, en la soledad de mi campamento, cuando los arqueólogos partieron. Decían que habían encontrado, tras la reciente tormenta, una abertura oblonga, casi tapada por matorrales y raíces ennegrecidas. El sol colapsaba en ámbares lechosos sobre sus rostros. Yo, Samuel Odriozola, escritor incorregible que llegó buscando leyendas para un nuevo libro, los miraba marchar con envidia y temor. Era mi segundo viaje a estas tierras secas, pero jamás habían parecido tan hostiles. La atmósfera despidiendo el constante suspiro de la lejanía, el polvo suspendido, el corte de los constructos minerales que surgían como osamentas de bestias antediluvianas.
Había algo vivo allí, bajo la lenta marea de siglos olvidados. Lo sentí la primera noche: no era ni un insecto ni una bestia, era un aplomo en el aire, una sombra tras las cortinas de la vigilia. Consumí mi lata de sardinas —el fuego no prendía— y me preparé para dormir, no sin antes observar el firmamento. Sobre los riscos, la constelación del Mimbrón casi rozaba la cima. Y, mucho más arriba, aquella estrella solitaria —más oscura que brillante— que me enseñó el viejo astrofísico en la Universidad de Zaragoza: Yuggoth, la frontera, el último susurro del universo conocido.
Dormí fragmentos lentos de sueños inquietos. A veces, me despertaba asfixiado, obligado por el peso de la conciencia a lanzar miradas alrededor, buscando la raíz siniestra de la ansiedad. Nadie regresó aquella noche del agujero misterioso. Los exploradores no volvieron. El amanecer llegó escaso, opaco, el frío veteando la tela de mi tienda. Entonces comprendí que debía acercarme, no por valentía —nunca he sido valiente— sino por la presión invisible de un destino ajeno.
Hice mi mochila y avancé sobre la piedra y la relva. Cuando me detuve frente a la abertura, reconocí un aroma agrio, antiguo, a suelo mojado y carne momificada. Obedecí el impulso: encendí la linterna y descendí. Era como un pozo abierto en la piel del tiempo. Las paredes, grabadas con relieves, desprendían un ligero resplandor violeta, imposible, que pareció humedecer mis pupilas.
La galería descendía y describía espirales. Entre las sombras, creí reconocer letras, pero su forma se oponía a cualquier alfabeto humano. Inscripciones como cicatrices, surcos demasiado simétricos. Algún material argénteo, pulido, como escamas, cubría partes del muro, y cuando rozaba con los dedos, un escalofrío subía por mi antebrazo. Avancé, abriéndome paso entre ramas secas y detritos.
En el corazón de la caverna, el pasadizo se ampliaba: la bóveda era perfecta, tallada a ras de otra civilización o inteligencia. Allí, comenzaba el verdadero horror, disfrazado de asombro arqueológico: esculturas altas como hombres, sin rostro, como si la piedra hubiera absorbido sus rostros en una succión malignamente creativa. De sus cuerpos colgaban vendas de ceniza, estolas grabadas con signos en relieve.
No se oía ni mi propia respiración. El silencio era más punzante que un chillido. Sentí el pálpito de las entrañas de la tierra; a lo lejos, como retenido por paredes de kilómetros, un sustrato de tambor. No era el latido de mi corazón. Forcé la vista; la luz jugaba con mis nervios. Y entonces vi las marcas recientes: una cantimplora, una bandeja de aluminio, huellas embarradas. Allí estaban las señales de los arqueólogos. Les llamé, primero en voz baja, después gritando. La caverna absorbía el sonido, lo moldeaba y lo devolvía de tal manera que tuve la impresión de que se burlaba de mí.
No he de saber cuándo empecé a sentir aquel otro aroma: almizcle, pero amargo; incensario de un templo impío. Seguí, casi a rastras, en medio de una neblina que no era física, sino conceptual, aferrando mi linterna con los nudillos blancos. La galería descendía hasta desembocar en una cámara vasta, ovalada, cuya cúpula parecía alzarse hasta el infinito.
Allí, bajo una especie de altar, los contemplé. Los arqueólogos. Inmovilizados, en pie, con los párpados bajados y los brazos caídos. Fui a socorrerles, convencido de que habían inhalado algún gas. Pero, al acercarme, advertí lo imposible: sus pies estaban fusionados al suelo. No como si la roca les tragara —algo peor—, como si hubieran enraizado, multiplicando en la epidermis filamentos lívidos, minúsculas raíces que se introducían en la piedra pulida.
Retrocedí, el pánico volviéndose carne entre mis costillas. Y entonces, la linterna barrió una esquina y me face a face con un fresco monumental que cubría toda la bóveda. El arte era anticuado, pero irreprochable. Allí, una processión de figuras, más altas y más delgadas que cualquier humano, avanzaban hacia un círculo de luz ennegrecida. Llevaban algo en las manos: esferas metálicas, o tal vez cráneos pulidos. Detrás, bestias de ojos múltiples y alas membranosas danzaban sobre la predela, y, desde el fondo, se abría un agujero de noche infinita.
En el centro del fresco, una inscripción titilaba, como atrapada en otro umbral de percepción. Cipheré cuanto pude, recurriendo a los rudimentos de arqueología y lengua muerta que mi memoria retenía: "Nosotros, lo último, sellamos, devolvemos la simiente".
La linterna parpadeó. Toqué el altar: una vibración imperceptible. Uno de los ojos de las estatuas parecía seguirme. Pero la última cosa en ese instante fue la certeza de no estar solo. Un roce de viento, imposible en aquel encierro.
No puedo decir si aquello que surgió desde las sombras caminó o flotó hasta mí. No era un ser, ni siquiera una definida hipóstasis: era, digamos, una proyección contenida, una conciencia maltrecha que emergía bajo la forma de líneas quebradas, de una geometría impronunciable. La Oscuridad de Yuggoth se había multiplicado allí, poniendo raíz en ese tiempo perdido cuando el mundo aún era sólo lodo y éter, y los sueños de razas olvidadas sangraban el espacio.
La conciencia habló en palabras y en imágenes: la humanidad era joven, reciente. Entre los astros errantes, mucho antes, unos navegantes descendieron aquí, tejiendo la vida antes que el tiempo adquiriera su sentido. Creyendo posible perpetuarse, abrieron portales, dejaron simiente y sellaron su memoria. Los sepulcros, las moradas subterráneas, sólo dormían, aguardando una señal desde la estrella negra para renacer.
Me vi a mí mismo, con la frente casi rozando la roca, chillando por ayuda. Nadie contestó. A mis espaldas, las raíces de los arqueólogos serpentearon y se abrieron, dejando salir un vapor ceniciento que no era vida ni muerte, sino una suspensión. Uno de ellos levantó la cabeza. Sus ojos carecían de iris; eran charcos de mercurio. Sus labios murmuraron en el idioma de las piedras:
—La puerta se abre cuando el círculo se mancha…
Comprendí que, al bajar, había activado una trampa inveterada. La caverna entera no era un vestigio, sino una sima hambrienta. Fui crispando las manos sobre la linterna, enloqueciendo ante el chisporroteo de la lámpara. La entidad —era ya incapaz de pensar en términos de "ser"— se desdoblaba, abarcando la sala y convirtiendo los símbolos en texturas móviles, un mosaico que palpitaba.
De pronto, la oscuridad devoró la luz de mi linterna. Resté inmóvil, la humedad pringosa envolviéndome los pies. La cámara se fundía, se replegaba sobre sí misma. Un alarido brotó de mi garganta, absurdo, resonando entre naves de roca y titanes de olvido.
Me desmayé. O algo me durmió. Quizá la liturgia de una lengua extinguida, quizá la vibración de esa materia henchida de reminiscencias cósmicas.
Desperté rodeado de un crepúsculo enfermo sobre mi tienda, fuera otra vez, pero incapaz de recordar qué trayecto seguí de vuelta. Los arqueólogos nunca regresaron. Sólo quedó, en mi tobillo, una costra donde la carne parecía haber enraizado al suelo. Las noches, desde entonces, traen ecos. Cuando duermo, siento aquello: la vastedad, el hambre primordial, el chisporroteo de puertas ciegas en rincones donde el tiempo se recoge y pliega y los sueños de civilizaciones olvidadas, aún ayunan y crecen.
He guardado, sin embargo, ese recuerdo: el fresco, la procesión bajo la esfera negra, la certeza de que la Oscuridad de Yuggoth no abandona jamás aquello que rozó, y que su simiente brota somnolienta en algún lugar bajo los suelos, aguardando lo que los humanos jamás comprenderán.
Ahora escribo esto, no para sobrevivir a la memoria, sino para propagar el aviso de aquello que larva en ruinas, en estepas, en las raíces de la roca y la mente. Los mapas antiguos mienten; hay civilizaciones que nunca quisieron ser halladas. Crecen bajo el signo del extravío, florecen con la savia de nuestra propia ignorancia. Que nadie disponga sus oídos al rumor de aberturas olvidadas al borde de la montaña. Ni a logros del conocimiento ni a la tentación del misterio.
Porque algunas puertas, abiertas alguna vez por razas que no pertenecen al tiempo, siguen respirando. Y bajo la constelación solitaria, volvemos todos a ser, simplemente, barro y presagio.
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